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(Nora)
Mi editora se llamaba Rosa, llevaba treinta años en el oficio y tenía una frase para todo.
Cuando le llevé la propuesta del libro sobre el caso Salinas, leyó las diez páginas de muestra, se quitó las gafas y me dijo la suya: «Nora, esto es un caso de los que hacen carrera.
Pero tienes que decidir qué libro escribes, porque hay dos, y solo uno se vende. »
Los dos libros eran estos. El primero, el que ella quería: el retrato de un monstruo.
El psicópata frío de las dos torres, el superviviente que se convirtió en asesino, con su confesión, su condena, su frialdad clínica; un villano redondo, accesible, que el lector odia y devora a partes iguales.
El segundo, el que yo tenía en el cajón cerrado: la verdad.
Un hermano que cargó con la culpa de otra, una hermana convertida en monstruo por una casa que ardió despacio, un sistema que prefirió no remover.
Rosa lo vio enseguida, porque es muy buena: «El segundo es mejor literatura, Nora.
Y no lo vas a poder publicar, porque no tienes pruebas que aguanten una demanda, porque la principal implicada está muerta, y porque, seamos sinceras, la gente no compra matices.
Compra monstruos. Escribe el primero. Te lo digo yo, que te quiero. »
No le confesé a Rosa que sí tenía pruebas, que la grabación había existido, que la transcripción dormía en mi cajón.
No le confesé que el segundo libro, el imposible, era el verdadero y que escribir el primero era traicionarlo.
Asentí. Escribí el primero. El monstruo.
Y cada capítulo que entregaba, Rosa lo celebraba —«esto sí, Nora, esto engancha»— y cada celebración suya era una puñalada limpia que yo encajaba sonriendo, porque había hecho una promesa en una sala de hospital y porque, en el fondo, sabía que Rosa tenía razón sobre el mercado y David tenía razón sobre todo lo demás, y que entre los dos, sin pretenderlo, me habían dejado un único camino: vender el monstruo para proteger al hombre.
El libro salió, se vendió y ganó premios.
Rosa estaba feliz. Me propuso una segunda parte, «las cinco ciudades en profundidad, el origen del monstruo».
Le dije que no, que ya no escribiría más true crime, y no me creyó, porque en este oficio el éxito es una droga y nadie la deja voluntariamente.
Pero la dejé. No por virtud: por agotamiento moral.
No podía seguir construyendo monstruos rentables sobre dolores reales, sabiendo, como sabía, que el monstruo más rentable que había construido era, en realidad, el hombre menos monstruoso de toda la historia.
Rosa no lo entendió. Me dijo su última frase, casi con pena: «Es una lástima, Nora.
Tenías el mejor monstruo de la década en las manos.
» Y yo pensé, sin decirlo: no, Rosa. Tenía al mejor hombre.
Y lo vendí de monstruo, porque él me lo pidió y porque tú tenías razón sobre el mercado.
Que Dios nos perdone a las dos, y al mercado, que es el que de verdad escribió este libro.