Sin testigos 165
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En la cárcel me asignaron una psicóloga.

Se llama Andrea, tiene veintinueve años —la edad de mi hermana, no se me escapan estas cosas— y la ilusión intacta de quien todavía cree que las personas son problemas con solución.

Viene los martes. Se sienta enfrente, con su carpeta y su bolígrafo, en una sala que se parece tanto a mi antigua consulta que el primer día tuve que sujetarme al borde de la silla.

Es buena, Andrea. Por eso me da pena. Hace las preguntas correctas, en el orden correcto, con la calidez correcta.

Quiere que «procese mi culpa», que «elabore el trauma», que «integre lo sucedido».

No sabe que tiene delante al hombre que escribió el manual con el que la formaron; que cada técnica que ensaya conmigo la inventé, la enseñé, la usé durante años en una habitación gris con dos sillones desviados.

Cuando me hace la pregunta del centro comercial —sin saber que se llama así, sin saber que es mía—, le sigo la corriente, porque quitarle sus herramientas sería como quitarle a un niño su juguete, y yo, desde muy joven, aprendí a no arrebatarle a la gente las palabras con las que se siente segura.

Un martes me preguntó si me arrepentía. Le dije que sí, y no mentí, aunque ella entendió mal de qué.

Cree que me arrepiento de lo que confesé: de los cuatro, de las cinco ciudades, del incendio de las torres.

Me arrepiento de otra cosa. Me arrepiento de no haber visto, en una acequia seca, hace veinticuatro años, lo que mi hermana de ocho años me estaba diciendo con una brizna de paja entre los dientes.

Me arrepiento de haber creído que, poniéndome delante, la protegía, cuando en realidad le enseñaba.

Me arrepiento de cada hueso que le nombré, escafoides, semilunar, piramidal, porque cada nombre era una lección de que el cuerpo es un mecanismo, y los mecanismos se abren, y ella aprendía.

Andrea anota mis respuestas con esa letra redonda y optimista de quienes aún no han tachado nada de su propia memoria.

Algún día, dentro de muchos años, comprenderá que el paciente más tranquilo de su carrera, el que mejor «elaboraba», el que nunca tenía pesadillas, era el que más le ocultaba.

Y entonces, si tiene suerte, sentirá un escalofrío y dejará el caso.

Si no la tiene, escribirá un artículo sobre mí, «afecto aplanado, ausencia llamativa de sintomatología», las mismas palabras que escribieron de un niño de quince años en un jardín.

La ciencia, como los pueblos, prefiere no remover.

Pone nombre a la calma del culpable y la archiva como rareza clínica, y duerme tranquila, igual que yo, que duermo tan bien, que siempre dormí tan bien, desde aquella primera noche que no recuerdo y que, sin embargo, no me ha dejado descansar de verdad ni una sola vez.