Sin testigos 164
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La cárcel, para alguien como yo, no es un castigo: es una versión depurada de la vida que ya llevaba.

Aquí todo está calibrado al minuto, como mis mañanas.

El recuento a las siete. El desayuno a las siete y media.

El patio, el taller, la biblioteca, la cena, el cierre.

Un orden impuesto por otros que se parece tanto al orden que yo me imponía a mí mismo que, las primeras semanas, sentí una paz casi vergonzosa, la del hombre que por fin no tiene que sostener él solo la arquitectura, porque hay muros de verdad que la sostienen por él.

Hago mi cama en doce minutos. Coloco el escaso material de mi celda con una atención fuera de lugar.

Tomo cuando logro cambiárselo a un compañero por tabaco que no fumo, por un té malo que aborrezco.

Las manías sobreviven a todo; son lo último que se pierde, más leales que la memoria, más tercas que la culpa.

Comparto módulo con hombres que gritaron su rotura toda la vida y la siguen gritando aquí, igual que los chicos del primer centro de acogida.

Y yo hago lo de siempre: no doy problemas, bajo la escalera igual que cada día, me vuelvo invisible.

Un funcionario veterano me dijo una vez, casi con respeto: «Usted no parece de aquí, doctor.

» Le contesté que llevaba toda la vida pareciendo de otro sitio, que era mi especialidad. No lo entendió. Hizo bien.

Lo único que me desordena, lo único que el orden de la cárcel no consigue calibrar, son los martes.

Los martes viene Andrea, la psicóloga joven, y se sienta enfrente con su carpeta, y la sala se parece tanto a mi antigua consulta —dos sillas, una mesa, una caja de pañuelos que ella tiene por si acaso— que cada martes, durante un segundo, soy de nuevo el doctor Salinas esperando a una paciente que dobla su abrigo gris sobre el brazo del sillón.

Cada martes espero, contra toda razón, que la que entre por esa puerta sea ella.

Y cada martes entra Andrea, joven, viva, ignorante de todo, y yo coloco la decepción donde coloco las almohadas: con cuidado, para que no descomponga la arquitectura.

Mi hermana me cazó haciéndose pasar por paciente.

Ahora paso los martes con una paciente de verdad que me trata a mí, y al mundo, que tiene un sentido del humor que no comparto, y ha cerrado así su círculo más cruel: me ha sentado, para siempre, en el sillón equivocado.