Sin testigos 163
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A los pocos meses de haber entrado, un preso me reconoció.

Fue en el patio, una mañana fría. Un hombre joven, nervioso, de los que gritan su rotura, se me acercó con un periódico atrasado en la mano y los ojos muy abiertos.

«Tú eres el del pódcast —dijo—. El de Sin testigos.

El que se cargó a su familia y luego a media España con su hermana.

» Lo dijo con una mezcla de miedo y fascinación que ya conocía, la que la gente reserva para los monstruos célebres.

En la cárcel, como fuera, hay una jerarquía, y la cúspide la ocupan los que han hecho lo más inimaginable.

Mi confesión, sin pretenderlo, me había coronado.

No lo desmentí. Llevo toda la vida sin arrebatarle a la gente las palabras con las que se sienten seguros, y aquel chico necesitaba creer que compartía patio con un monstruo de leyenda; le daba, supongo, una historia que contar, una manera de soportar su propia condena por algo mucho más pequeño y más triste.

Asentí apenas, le sostuve la mirada el tiempo justo, y el chico se alejó con su periódico y su escalofrío, a repartir entre los demás la noticia de quién era yo.

A partir de aquel día, el patio se abría a mi paso.

Nadie me molestaba. Los hombres que gritan su rotura respetan, por encima de todo, al que no grita la suya, porque intuyen que el silencio esconde algo peor que sus gritos.

Así que tengo, también aquí, mi versión amable y monstruosa, igual que la tuve en el barrio de las dos torres, donde era «el doctor».

Allí me inventaron bueno; aquí me inventan terrible.

En ambos sitios me inventan, que es lo único que la gente sabe hacer con un hombre que no se deja leer: rellenarlo con lo que necesitan que sea.

El barrio necesitaba un doctor que lo tranquilizara.

La cárcel necesita un monstruo que la jerarquice.

Y yo, en medio, sigo siendo lo que fui siempre: un hueco con forma de hombre, cuidando un jardín aparente para que nadie repare en que detrás no hay nada, o hay solo una niña en una acequia, preguntándome dónde escondería una cosa para que no la encontraran nunca.

Donde ya hayan mirado, dijo ella. En la cárcel, por fin, nadie mira dos veces.

Es, a su manera atroz, el mejor escondite que he tenido nunca.