Sin testigos 162
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Comparto celda, desde hace tiempo, con un hombre al que llamaré Mateo, y Mateo, sin proponérselo, me ha enseñado más sobre mí mismo que diez años de mi propia profesión.

Mateo cumple por algo que hizo en caliente, una pelea que acabó mal, un golpe de más; un crimen de los que la gente entiende, casi perdona, «cualquiera en su lugar».

Llora por las noches. Habla de su víctima, se arrepiente en voz alta, reza, escribe cartas a una familia que no le contesta.

Tiene, en una palabra, todo lo que se supone que debe tener un hombre que ha matado: culpa, remordimiento, insomnio, la necesidad desesperada de ser perdonado.

Y al verlo, noche tras noche, en la litera de abajo, comprendo por contraste lo que soy, lo que el perito intentó decir en el juicio sin que nadie lo entendiera: que yo no tengo nada de eso.

Que duermo. Que no rezo. Que no escribo cartas de arrepentimiento a nadie. Que estoy, como dije, en paz.

Mateo me preguntó una vez, con la inocencia de los que matan en caliente, cómo lo hago.

«Tú has hecho cosas mucho peores que yo, doctor, eso dicen, y duermes como un bendito, y yo maté a uno y no pego ojo.

¿Cómo lo haces? Enséñame.» No supe qué contestarle sin asustarlo, así que le dije una verdad parcial, la de siempre: «Tú mataste una vez, Mateo, y no eres un asesino; eres un hombre que mató, que es distinto, y por eso no duermes, porque tu conciencia funciona, porque eres normal.

No quieras parecerte a mí. Mi sueño no es paz: es ausencia.

Tú tienes algo que yo no tengo, y que vale más que dormir: tienes culpa.

Cuídala. Es lo que te hace humano.» Mateo no lo entendió del todo, pero dejó de envidiarme el sueño, y eso ya fue una pequeña curación .

Lo que no le dije a Mateo, lo que solo escribo aquí, es la verdad entera y más incómoda: que mi paz no viene de no sentir culpa por los crímenes que confesé —que no son míos—, sino de algo más retorcido.

Vengo durmiendo bien desde los quince años, antes de cualquier crimen, propio o ajeno.

Mi sueño profundo no es la consecuencia de mis actos: es mi naturaleza, la misma que el psicólogo del centro de acogida anotó como rareza, la misma que comparto con mi hermana, la que viene de la casa que ardió despacio.

Mateo mató y no duerme porque es humano.

Yo no maté —apenas, una vez, a mi padre— y duermo, porque hay algo en mí, anterior a todo, que nunca aprendió a no dormir.

Esa es mi verdadera condena, la que ningún tribunal me impuso y de la que ninguna cárcel me libera: no la culpa, sino su ausencia.

Dormir bien en un mundo que arde. Ser, en la litera de arriba, el que descansa, mientras el de abajo, que hizo mil veces menos, llora lo que yo no sé llorar.