Sin testigos 161
84%

161

El capellán de la prisión, un hombre joven y bienintencionado al que yo trataba con la cortesía distante que reservo para quienes creen en algo, me pidió un favor a los pocos meses de mi llegada.

Había un chico en el módulo de jóvenes, casi un niño, condenado por un arranque de violencia del que no lograba salir; se pasaba las noches gritando, los días en silencio, y los psicólogos de la prisión, desbordados, no daban abasto.

El capellán había averiguado mi antigua profesión —en la cárcel se sabe todo, es un pueblo con barrotes— y se le había ocurrido que «el doctor», ese interno tranquilo que leía y no daba problemas, podría hablar con el chaval.

«Usted entiende a la gente rota —me dijo—. Se le nota.»

Estuve a punto de negarme. ¿Qué clase de obscenidad sería esa, que un condenado por nueve muertes ejerciera de terapeuta entre rejas?

Pero el capellán insistió, y el chico empeoraba, y yo, que llevo toda la vida sin arrebatarle a la gente las palabras con las que se sienten seguros, accedí, con la condición de que fuera extraoficial, dos sillas en un rincón del patio, nada de fichas ni de actas.

Dos sillas. Como en mi consulta. Como en la sala de Andrea.

El mundo, con su humor que no comparto, insistía en sentarme una y otra vez frente a alguien que sufría.

El chico se llamaba —da igual cómo se llamaba— y había hecho lo que hacen los chicos a los que un padre enseñó las manos cerradas: repetir el gesto en cuanto tuvo a alguien más débil delante.

Reconocí la historia antes de que la contara; me la sé de memoria, la viví, la heredé.

No le di técnicas; las técnicas, a esa edad y en ese sitio, son ruido.

Le di lo único verdadero que tengo: le dije que pensar en hacer daño y hacer daño no son lo mismo, que la culpa no prueba nada, que se puede venir del pasillo y no volver a él.

Le dije, en fin, lo que años atrás le había dicho a un paciente llamado Néstor, y lo que nadie me dijo a mí a los quince años en un jardín, descalzo, mirando arder mi casa.

El chico mejoró. No por mí; por el simple hecho de que alguien se sentara enfrente y no apartara la vista.

Es casi siempre lo único que cura, y casi nunca se ofrece.

Lo cuento porque hay una ironía que no se me escapa y que, supongo, es mi verdadera condena, más que los treinta años.

Que me pasé la vida fuera curando a desconocidos de la culpa mientras cultivaba la mía como un jardín.

Y que aquí dentro, marcado para siempre como monstruo, sigo haciendo lo único que sé hacer: sentarme enfrente del que se rompe y acompañarlo.

Soy, hasta en prisión, lo que don Ricardo vio en un chico raro que subrayaba a los muertos: alguien que entiende la rotura porque viene de ella.

La diferencia es que ahora ya no finjo no venir de ella.

Y, curiosamente, eso me ha vuelto mejor en mi oficio de lo que fui nunca en libertad.

La verdad, aunque llegue tarde y entre rejas, tiene esa cualidad: te quita el miedo a las manos del otro, porque ya no necesitas esconder las tuyas.