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Volví a hablar con el capellán, meses después, y aquella conversación sobre el perdón es lo más cerca que he estado, entre rejas, de algo parecido a una confesión religiosa, aunque yo no creo.
Me preguntó, con la delicadeza de los que de verdad creen, si había pensado en pedir perdón.
No a la justicia, que ya me había juzgado, sino «a Dios, o a quien usted ponga en su lugar».
Le dije que el perdón es una transacción que no entiendo, porque requiere dos cosas que yo no tengo: arrepentimiento de lo que confesé, que no es mío, y fe en alguien que cobre la deuda, que no tengo.
El capellán insistió, a su manera mansa: «Pero algo le pesará, hijo.
A todos nos pesa algo. ¿Qué le pesa a usted?
» Y le di la única respuesta verdadera, la que no le había dado a Andrea, ni a Vega, ni a Nora: «Me pesa no haber mirado a mi hermana cuando era niña.
No protegerla del peligro de fuera, que eso sí lo hice.
Mirarla de verdad. Ver lo que llevaba dentro y no apartar la cara, para que dejara de ser para tanto.
Eso no lo hice. Y de eso, padre, sí me arrepiento.
Pero no es un pecado que su Dios sepa perdonar, porque no es una acción.
Es una omisión. Es todo lo que no hice mirando hacia otro lado, creyéndome que la cuidaba. »
El capellán se quedó callado, y luego dijo algo que no esperaba de un hombre de fe, algo que me acompaña: «Las omisiones son los pecados que más pesan, hijo, porque no tienen forma, y lo que no tiene forma no se puede dejar en ningún sitio.
Un crimen se confiesa, se purga, se cumple.
Una omisión se arrastra, porque ¿cómo se purga lo que uno no hizo?
¿Cómo se cumple condena por una cara que apartó hace diecisiete años?
» Le dije que no lo sabía, que llevaba toda la vida intentando purgar con cárceles y culpas inventadas una omisión que no cabe en ningún código.
Y él, en lugar de ofrecerme su Dios, hizo lo único que de verdad me ayudó en años: no apartó la cara.
Me miró, a mí, al monstruo del módulo, con una normalidad mansa, como Néstor dijo que yo lo había mirado a él, como nadie me miró a los quince años.
«Yo no le aparto la cara, David —dijo, usando mi nombre por primera vez—.
Para lo que valga. Yo le veo, y sigo aquí. »
No me convirtió. Sigo sin creer. Pero salí de aquella conversación con algo que no tenía: la certeza de que una omisión también se puede aliviar, aunque no se purgue, del único modo posible: que alguien, sabiéndolo todo, no aparte la cara.
El capellán me dio eso. Tarde, como todo lo bueno de mi vida.
Pero me lo dio. Y a veces, las noches malas, pienso que si alguien le hubiera dado eso mismo a una niña de doce años empapada de acequia —una cara que no se apartara—, no haría falta ningún capellán mirándome a mí ahora.
La cadena de las caras que se apartan. Empieza en una verbena, sigue en un pasillo, y solo se rompe cuando alguien, por fin, decide mirar.
El capellán rompió la cadena conmigo. Demasiado tarde para servir de nada.
Lo bastante a tiempo para que yo lo escriba, y para que conste, aunque sea aquí, sin testigos, que ocurrió.