Sin testigos 159(Nora)
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(Nora)

Visité a David en prisión una sola vez, seis meses después del juicio, y no he vuelto, porque salí de allí sabiendo que no debía volver.

Nos sentamos frente a frente, separados por una mesa de plástico atornillada al suelo, bajo la mirada aburrida de un funcionario.

Tenía buen aspecto, dentro de lo que cabe: más delgado, las manos marcadas todavía por las cicatrices del incendio, esas líneas blancas que él miraba a veces de reojo con una expresión que no supe leer.

Hizo la cama de su celda en doce minutos, me contó, sin que se lo preguntara.

Bebe un té malo que aborrece. Sigue siendo, hasta entre rejas, el hombre más ordenado que he conocido.

No hablamos del caso. Hablamos de tonterías, del barrio, de Don Emilio, que pregunta por él y que ha decidido, en su sabiduría de portero, que «el doctor era buena persona, pasara lo que pasara, que yo a la gente la conozco de verla bajar la escalera».

Hablamos de todo menos de lo único que importaba, hasta que, al final, cuando el funcionario avisó de que quedaban cinco minutos, me incliné sobre la mesa de plástico y le dije lo que había ido a decirle, lo que llevaba seis meses sin poder callar:

—La borré. La grabación. Como me pediste. —Tragué saliva—. Pero la transcribí antes. La tengo. Tu hermana, en esos cuarenta minutos, lo confiesa todo. Podría reabrirse. Podrías salir. Solo tienes que decírmelo, David. Una palabra.

Me miró un rato largo, con esa quietud suya que ya no me helaba, que había aprendido a entender como otra cosa. Y sonrió, apenas .

—¿Sabes qué dice mi nueva psicóloga? —respondió, sin contestar a mi pregunta—.

Que «elabore mi culpa». Es buena chica. Tiene tu edad.

—Apoyó las manos cicatrizadas sobre la mesa—.

Lo que no sabe, lo que no le pienso explicar, es que aquí dentro, por primera vez en diecisiete años, no tengo nada que elaborar.

Estoy donde mi hermana me puso a los quince años.

He llegado, Nora. Tarde, pero he llegado.

—Negó con la cabeza, despacio—. No uses la transcripción.

Si la usas, me sacas de aquí y me devuelves allí: al pasillo, al sillón vacío, a contar cuatro cuando eran tres.

Aquí soy el monstruo y descanso. Fuera era un hombre y no dormía. Déjame descansar.

El funcionario dijo que se había acabado el tiempo. Me levanté. Y David, antes de que se lo llevaran, me dijo la última cosa que le he oído decir en persona, la que me ha hecho guardar una libreta en un cajón cerrado durante años sin atreverme a abrirla:

—Cuenta la historia que vendas mejor, Nora.

La gente quiere un monstruo que tiemble.

Dáselo. Pero guarda en algún sitio, aunque no lo publiques nunca, la verdad de que hubo un niño en una acequia que solo quiso ponerse delante.

No por mí. Por él. Para que exista en algún cajón del mundo, aunque nadie lo lea.

Es lo único que te pido. Que exista. Sin testigos, si hace falta. Pero que exista.