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(Vega)
Llegué al cuarto piso cuando el humo ya salía por debajo de la puerta y la madera empezaba a combarse. Embestí dos veces, tres; a la cuarta cedió, y entré en una habitación que era un horno y un teatro a la vez.
Lo que vi en aquellos segundos lo he reconstruido mil veces, en informes y en pesadillas, y nunca lo cuento igual, porque el fuego desordena la memoria como desordena todo.
Pero hay tres imágenes que no se mueven.
La periodista, a cuatro patas, arrastrándose hacia mí con algo apretado contra el pecho.
Una mujer en el alféizar de la ventana, recortada contra el resplandor del patio, serena en mitad del infierno como si el infierno fuera su salón.
Y Salinas, de pie entre las dos, con un brazo extendido hacia la ventana y el cuerpo entero girado hacia la puerta, hacia nosotras, partido por la mitad en una decisión que duró lo que dura un latido.
Yo grité que saliéramos. Salinas no me oyó, o no quiso oírme.
Lo vi terminar de empujar a la periodista hacia mí, asegurarse de que yo la agarraba, y solo entonces volverse del todo hacia la mujer de la ventana y lanzarse a por ella a través del fuego.
La agarró de la muñeca. Tiró. Y la mujer —lo vi, juraría que lo vi, aunque ningún tribunal admitiría como prueba lo que se ve entre el humo— le abrió los dedos uno a uno, con una calma imposible, y se dejó caer hacia atrás, hacia el patio, con una sonrisa que no era de miedo ni de derrota, sino de quien por fin coloca la última pieza de un plan larguísimo.
Saqué a Salinas a rastras. Según supe después, no era la primera vez que se dejaba arrastrar de aquella manera.
Diecisiete años antes había salido de otro incendio sonámbulo, sin oponer resistencia y con las dos manos en carne viva.
En el rellano, mientras los servicios subían y la periodista tosía el humo de sus pulmones quemados, lo tumbé contra la pared y le miré las manos, y supe, con la certeza que da el oficio, que aquellas no eran las manos de quien prende un fuego para borrar pruebas.
El que prende sale limpio; lo tiene calculado, siempre.
Lo escribí en mi informe, con todas las letras.
Y vi cómo, en las semanas siguientes, todo el mundo —el fiscal, el juez, la prensa, el propio Salinas con su confesión imposible— pasaba por encima de aquella frase como se pasa por encima del pastor borracho que dijo la única verdad.
Hay verdades que no caben en la historia que todos prefieren conservar.
La de las manos de Salinas fue una de ellas.
La guardé para mí, como se guarda un nombre que ablanda los ojos, y solo se la dije a él, una vez, en el traslado, para que supiera que en algún lugar del mundo había una persona que no se había creído su mentira.
Creo que fue lo único que le di durante todo el proceso.
Creo que fue más de lo que nadie le dio.