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(Vega)
Lo interrogué en el hospital, dos días después del incendio, con las manos todavía vendadas y la voz ronca por el humo.
Fui sola. Había aprendido, en aquel caso, que, delante de testigos, Salinas se volvía de piedra, y que la única posibilidad de sacarle algo era la que menos me gustaba: el tú a tú, sin grabadora oficial, dos profesionales reconociéndose.
—Sé que no la mató usted —le dije, sin preámbulos, porque a un hombre así los preámbulos lo aburren—.
Sé que la mala era ella. Tengo cinco ciudades, cinco muertes, un perfil que encaja con su hermana como un guante y con usted no encaja en nada.
Tengo unas manos quemadas que cuentan que usted entró a sacarla, no a quemarla.
Lo sé, Salinas. Y voy a poder probarlo. Así que dígame la verdad y déjeme hacer mi trabajo.
Me miró desde la cama, con esa calma suya que me sacaba de quicio precisamente porque la respetaba. Y dijo, despacio:
—Inspectora, usted es muy buena. La mejor con la que me he cruzado, y me he cruzado con tres mujeres muy capaces estos meses.
Pero se equivoca en una cosa. No me está ofreciendo la verdad.
Me está ofreciendo su verdad: la que cuadra, la que la dejaría dormir tranquila al jubilarse.
Y yo le voy a dar otra, que cuadra igual de bien para todos los papeles y que tiene la ventaja de que no obliga a nadie a perseguir a una muerta.
¿Sabe cuánto cuesta, en dinero y en dolor, reabrir un caso contra alguien que ya no puede defenderse ni ser juzgado?
¿Sabe lo que es, para las familias de esas cinco ciudades, que les digan que la asesina de los suyos murió impune en un patio y que no habrá juicio, ni condena, ni nada?
Yo les doy un culpable vivo, accesible, encarcelado.
Usted quiere darles un fantasma. Dígame, inspectora, con la mano en el corazón: ¿cuál de las dos verdades es más piadosa?
No supe contestarle. Es lo único que, en veintiocho años, un sospechoso ha logrado: dejarme sin respuesta usando mi propio oficio contra mí.
Porque tenía razón, el muy… tenía razón.
Mi verdad era la correcta y la suya, la útil, y en este trabajo demasiadas veces la útil gana.
Me levanté. En la puerta, me volví y le dije lo único que me quedaba, lo que le repetiría en el traslado, lo único verdadero que pude darle:
—Que sepa que yo no me lo trago. Que en algún sitio, aunque sea solo en la cabeza de una vieja policía jubilada, conste que usted se quemó sujetando, no soltando.
—Con eso me basta, inspectora —dijo, y por primera vez le vi algo parecido al alivio—.
Con que lo sepa una persona, me basta. No necesito que el mundo lo sepa.
El mundo nunca ha sabido nada de esta historia, y no va a empezar ahora.
Gracias por ser usted esa persona. No tenía a nadie más para el puesto.