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(Nora)
Del incendio recuerdo el orden equivocado de las cosas, que es como la memoria guarda el terror: a destiempo.
Recuerdo que Marina estrelló la lámpara contra las cajas y que el fuego subió como sube un animal al que sueltan, y que pensé, absurdamente, en mis sobres anónimos, en que iban a arder, en que perdería las pruebas.
Recuerdo el humo bajando del techo en cortinas grises, y mi propia tos, y el suelo de pronto a la altura de mi cara porque me había caído sin notar la caída.
Recuerdo buscar el teléfono a tientas, porque en él había la voz de Marina contándolo todo y, periodista hasta para morir, no pensaba dejar que ardiera la única verdad del caso.
Y recuerdo a David.
Lo recuerdo de pie entre el humo, sin prisa, con esa quietud suya que tantas veces me había helado y que aquella noche, por primera vez, me salvó la vida.
No corría, no gritaba. Calculaba. Vi cómo medía la habitación de un solo vistazo —la puerta, la ventana, las llamas, yo en el suelo, su hermana en el alféizar— igual que medía el cruce desde su ventana, tres veces por minuto, durante años.
Y vi el instante exacto en que decidió. No fue hacia su hermana primero.
Fue hacia mí. Me agarró del brazo, tiró de mí hacia la puerta, me empujó al rellano donde Vega ya entraba a trompicones, y solo entonces, asegurada yo, se volvió hacia la ventana, hacia Marina, hacia el único ser que había querido en su vida.
He contado esa noche muchas veces: en el libro, en la serie, en entrevistas.
Siempre la cuento mal a propósito. Pero la verdad, la que me guardo, es esta: vi a un hombre al que el mundo entero llamaría monstruo elegir, entre dos personas que ardían, salvar primero a la testigo y después a la hermana.
Los monstruos no eligen ese orden. Los monstruos se salvan a sí mismos.
David no se salvó. Salió el último, con las manos quemadas de haber sujetado lo que no quería soltar, y esas manos —se lo oí decir a Vega, aunque ella no quería que yo lo oyera— eran las manos de quien entra a sacar a alguien, no las de quien prende un fuego para borrarse.
Aquella noche supe dos cosas a la vez, y llevo años sin poder separarlas. Que David Salinas no era el monstruo de esta historia. Y que iba a dejar que el mundo creyera que sí.