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Le agarré la muñeca. La tenía fina, de niña todavía, como si una parte de ella no hubiera crecido desde la noche del pueblo, como si la hubiese dejado allí a propósito, en el escalón, con la jaula en el regazo, para poder volver siempre a buscarla.
—No —dije—. No esta vez. Esta vez sales conmigo. Las dos. Tú y ella. Salimos los tres.
El fuego ya lamía el techo. El humo bajaba en cortinas y Nora tosía a mi espalda, doblada sobre la caja, buscando el teléfono que había resbalado al suelo.
Vega seguía embistiendo la puerta, que se combaba sin ceder.
Y Marina, en el alféizar, con mi mano cerrada sobre su muñeca y los seis pisos de patio negro a su espalda, me miró con una sorpresa que le duró lo que dura la verdad en la cara de quien ha pasado la vida mintiéndose: un instante.
—¿Por qué? —dijo. No era una pregunta retórica. Era la pregunta de su vida entera, la que ningún psicólogo, ni el de verdad ni el falso, le había contestado—. Sabes lo que soy. Acabo de contártelo. Iba a dejar que te pudrieras por mis muertos. ¿Por qué me sujetas?
Podría haberle dicho muchas cosas. Que la sangre.
Que la culpa. Que aquella noche yo abrí la puerta y por tanto cargo con lo que entró detrás.
Todo cierto, y nada de ello era la razón.
La razón era más simple y más imperdonable, y se la dije, porque entre el humo y el rugido era el único momento de toda mi vida en que podría decírsela:
—Porque eres lo único que he querido —dije—.
Y querer no entiende de lo que somos. Es la peor noticia que da este oficio, Marina.
La gente cree que el amor se gana o se pierde según lo que uno hace.
No. El amor es como las líneas de Langer: está ahí debajo desde antes, marcando por dónde cedo.
Tú eres mi línea. Por ahí cedo. Siempre cederé por ahí.
Entonces mi hermana hizo lo único bondadoso, quizá, de toda su vida.
O lo único cruel, según se mire; con ella las dos cosas eran la misma, ya lo dije.
Se miró la mano cerrada sobre su muñeca, esa mano que la sujetaba al mundo, y muy despacio, con una ternura que no le había visto nunca, empezó a abrirme los dedos uno a uno.
—Entonces suéltame tú —dijo—. Porque yo no voy a poder.
Y si me sacas viva, David, no acaba aquí.
Lo sabes. Habrá un sexto. Un séptimo. Habrá siempre una ciudad más.
La única forma de que pare es esta. —Me besó la mano, la que la sujetaba—.
Déjame ser la niña de la jaula. Sé el capitán, hermano.
El que sabe que el barco se hunde y, aun así, no suelta a los demás. Solo a mí. Suéltame solo a mí.
La puerta cedió a mi espalda con estruendo.
Vega irrumpió en una nube de humo, gritando algo que no oí.
Nora, a cuatro patas, me tiraba del pantalón hacia la salida.
El techo escupía fuego. Y yo tenía a mi hermana de una muñeca, en el filo de una ventana, sobre seis pisos de oscuridad, y disponía de medio segundo para decidir si la salvaba —para que matara a un sexto, a un séptimo, a una ciudad más— o si hacía, por una vez, lo que ella siempre supo hacer y yo nunca: cerrar el proceso.
No la solté. Que conste. En la versión que conté después a la policía, y en todas las que vinieron, dije que la solté, porque era más sencillo, porque a un hombre que ya carga con todo le creen cualquier cosa.
La verdad —la del cuaderno, la que ni al cuaderno confío— es que no la solté.
Apreté. Tiré de ella hacia dentro con toda el alma, hacia la vida, hacia el humo, hacia la cárcel y los juicios y la luz horrible de saberse a salvo.
Fue Marina quien se soltó. Mi hermana, que se llenaba donde yo me vaciaba, que era buena en lo suyo como nadie, ejecutó el último trabajo limpio de su carrera.
Me abrió los dedos, me sonrió con la media sonrisa de la familia y se dejó caer hacia atrás, hacia el patio, hacia el único lugar del mundo donde por fin no habría testigos .
Lo último que vi de ella, antes de que Vega me arrancara de la ventana y el fuego se tragara el alféizar, fue su mano abierta contra el cielo negro del patio. La misma mano que, diecisiete años atrás, había abierto una jaula para que un pájaro no ardiera.
Esta vez, el pájaro era ella.