Sin testigos 138(Nora)
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(Nora)

Llevaba diez minutos sentada sobre una caja sin deshacer, con las manos quietas sobre las rodillas porque Marina me había pedido, con una dulzura que daba más miedo que cualquier grito, que las mantuviera «donde pudiera verlas».

Había subido a mi piso con la excusa de devolverme un libro.

Le abrí porque era la hermana de David, porque me caía bien la Carla que yo creía conocer, porque mi instinto periodístico, tan afinado para los demás, se apaga por completo cuando el peligro entra sonriendo y trae un libro.

Para cuando entendí —por cómo cerró la puerta, por cómo dejó la cadena puesta, por cómo se movió por mi casa como si la hubiera medido antes— ya era tarde.

Ya estaba sentada en la caja, con las manos a la vista, escuchándola hablar con esa calma de pozo idéntica a la de su hermano.

Me lo contó todo. Lo dijo sin que yo preguntara y con una naturalidad que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.

La tía. El novio de la recta. La compañera de la piscina.

El casero de la escalera. María Jesús, la psicóloga, «que no se merecía, esa me dolió».

Lo enumeró como quien repasa una lista de la compra, y yo, periodista hasta para el terror, hice lo único que sé hacer: bajé la mano muy despacio, encontré el teléfono en el bolsillo del abrigo, y pulsé grabar a ciegas, rezando por que el roce no me delatara.

—Sé que estás grabando —dijo Marina, sin volverse, mirando por mi ventana hacia el patio—.

Está bien. Quiero que lo grabes. Es la primera vez en mi vida que cuento esto en voz alta, y sería una pena que se perdiera.

—Se giró, con la media sonrisa de la familia—.

Lo que pasa, Nora, es que una grabación no es lo que tú crees.

Tú crees que es una prueba. Y es solo una voz.

Las voces se interpretan. Mañana, cuando aparezca yo muerta y mi hermano vivo, esta grabación no contará como una asesina confesando.

Contará a una mujer rota a la que su hermano, el verdadero monstruo, empujó hasta el borde.

Lo mismo que aquella noche en el pueblo: él abre, yo cargo.

Llevamos toda la vida repartiéndonos así los papeles. ¿Por qué iba a cambiar ahora?

Y entonces oí la puerta. Y entró David, sin aliento, con la cara de quien ha subido dos pisos corriendo por primera vez en diecisiete años.

Y por la forma en que Marina lo miró —con amor, con cálculo, con una despedida ya escrita— supe que yo no era la protagonista de aquella habitación.

Era el testigo. Y los testigos, en las historias de los Salinas, nunca terminan bien.