Sin testigos 137
71%

137

Empujé.

Nora estaba sentada sobre una de sus cajas todavía sin deshacer, muy quieta, las manos sobre las rodillas.

No sangraba. No tenía marcas. Pero lucía en la cara esa palidez concreta que dan dos cosas en la vida, y una de ellas es haber estado muy cerca de morir y saberlo.

Frente a ella, de pie, tranquila, con una taza humeante entre las manos, aguardaba Marina.

—Has tardado —me dijo, sin volverse, como si me hubiera oído pensar dos pisos más arriba—. Te he preparado un té. Hojicha. Sé que lo odias. —Sonrió a la pared—. Lo odiamos los dos, en realidad. Es lo único que nos dejó mamá: el gusto por aborrecer despacio aquello a lo que no podemos renunciar.

—Apártate de ella —dije.

—No le he hecho nada. —Se giró por fin. En la otra mano, la que no sostenía la taza, no había cuchillo, ni arma, ni nada.

Solo un teléfono—. ¿Ves? Nada. No he tocado a tu periodista.

¿Por quién me tomas? —Ladeó la cabeza—. Ah.

Claro. Por lo que soy. Disculpa. A veces se me olvida que tú ya lo sabes.

Se te nota, ¿verdad? Lo acabas de recordar todo, ahí arriba.

Lo veo en tu cara. Tienes la cara del que ha encontrado el cadáver que él mismo había escondido.

—Bebió un sorbo del té que decía odiar—.

Bienvenido al club, hermano. Yo lo recordé hace años.

Es más llevadero de lo que parece. Una se acostumbra a quién es.

Lo difícil es el rato entre que lo sospechas y lo aceptas.

Ese rato es horrible. Tú llevas diecisiete años en él. He venido a sacarte. De nada.

Miré a Nora. Movió los labios sin voz: me lo ha contado todo .

—Se lo he contado todo —confirmó Marina, plácida—.

Lo de la tía. Lo del novio. Lo de la pobre María Jesús, mi psicóloga.

Qué pena, un corazón tan joven. Se lo he contado porque quería que lo supiera alguien que escribe.

Llevo toda la vida sin testigos, David. Es agotador.

No sabes lo que cansa hacer las cosas bien y que nadie se entere.

—Por un instante, uno solo, algo verdadero le cruzó el rostro—.

Por eso volví. No por ti. Bueno, por ti también.

Pero, sobre todo, porque me moría de la cosa más tonta del mundo: las ganas de que alguien supiera lo buena que soy en lo mío.

—Levantó el teléfono—. Y aquí está. Una periodista. Una testigo. Y una grabadora.

—Si quisieras una testigo —dije, despacio, midiendo cada palabra como quien pisa hielo— no la habrías traído a una habitación de la que piensas que no va a salir.

Marina sonrió, y fue la sonrisa más triste que le vi nunca.

—Muy bien —dijo—. Muy bien, hermano. Por eso eras tú el listo. —Posó la taza junto a Nora—. Sí. Tienes razón. Quiero una testigo y quiero que no salga. Las dos cosas. Es contradictorio, lo sé. Toda yo soy contradictoria. Pero he encontrado la manera de tenerlas ambas.