Sin testigos 136
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A mí, esa misma noche, me bastó una llamada perdida para entenderlo.

El teléfono vibró sobre la mesa del estudio: Nora.

Dos tonos y se cortó. La llamé de vuelta; saltó el buzón.

Volví a llamar; el buzón otra vez. Una llamada que se interrumpe a los dos tonos no es un descuido: es una mano que aparta el aparato.

Y la única persona capaz de apartarle a Nora el teléfono de la mano, en su propio piso, a esas horas, era la misma que me había dicho que salía a caminar para no precisar el destino.

No necesité más. Encajé las piezas con la velocidad fría con que encajo siempre lo que de verdad importa, y el plano que me devolvieron era atroz en su sencillez.

Marina no había salido a caminar. Marina había bajado dos pisos.

Y de las tres personas que podían unirla con lo que era, había escogido empezar por la más fácil de hacer desaparecer sin levantar sospechas: la recién llegada, la vecina sola, la periodista de la que cualquiera creería que se mudó, se cansó del barrio y se marchó tan discretamente como vino.

Cogí lo único que cogí —las llaves, nada más— y salí al rellano.

Por una vez no pegué el oído a ninguna puerta; las manías son un lujo del que tiene tiempo, y yo había dejado de tenerlo.

El ascensor antiguo dormía en alguna planta intermedia; no lo esperé.

Bajé por la escalera, esa escalera mía de dos minutos y ocho segundos cronometrados, esa por la que nunca había nadie, y la bajé de tres en tres, sin contar los segundos por primera vez en diecisiete años, con el corazón —ese corazón que no se me altera ni ante el peligro real— latiéndome al fin como late el de cualquiera .

Mientras descendía, una idea me acompañó escalón a escalón, lúcida y terrible.

Llevaba toda la vida creyendo que protegía a Marina del mundo.

Aquella noche comprendí que, en realidad, llevaba toda la vida sin proteger al mundo de Marina.

Eran cosas distintas. Las había confundido durante diecisiete años.

Y la factura de esa confusión iba a pasarla, si no llegaba a tiempo, una mujer de abrigo verde que solo tenía la culpa de hacer bien su trabajo y de haberme pedido, una noche frente a una ventana, que contara la verdad.

Llegué al cuarto sin aliento. La puerta del 4.º B estaba entreabierta.

Abierta, pero no completamente: con esa franqueza que ya sabía reconocer, la franqueza de una trampa que ya no tiene cebo.