Sin testigos 135
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Se lo pregunté de frente una última vez, la víspera de que todo ardiera, porque entre nosotros los rodeos ya no servían y porque necesitaba oírla decirlo.

—Las cinco —dije—. La tía, el novio, la compañera, el casero, la doctora. Fuiste tú.

Marina estaba sentada en el sofá del salón blanco, con las piernas recogidas, más joven que nunca en aquella postura, una niña de veintinueve años en la casa de su hermano. No se sobresaltó. Ladeó la cabeza, con la media sonrisa de la familia.

—¿Me lo preguntas como hermano o como médico? —dijo—. Porque la respuesta cambia. Al hermano puedo decirle la verdad. Al médico tendría que mentirle, que es lo que se hace con los médicos.

—Como hermano.

—Entonces sí. —Lo dijo sin énfasis, como quien confirma una cita—.

Aunque «fui yo» suena a más de lo que fue.

Yo no busqué a ninguno. Llegaron solos, David y todos, igual que papá, que llegó solo a aquella cocina.

La gente que hace daño se acerca a una sin que una mueva un dedo; es asombroso lo poco que hay que buscar.

Yo solo… cerré. Lo que estaba abierto y permitía el paso de corriente lo cerré.

Como tú cerraste a papá. La única diferencia entre tú y yo —se le apagó un poco la voz, y por un instante pareció casi triste— es que tú cerraste una puerta y te pasaste diecisiete años vomitando.

Yo cerré cinco y dormí estupendamente cada noche.

¿Quién de los dos está peor, hermano? ¿El que mató una vez y no lo soporta, o la que mató cinco y está en paz ?

No supe contestar. Me había pasado la vida convenciendo a pacientes de que la culpa no prueba nada, y tenía delante la demostración viva de mi propia tesis, vuelta del revés y convertida en monstruo: una mujer sin culpa, serena, lúcida, que mataba con la misma tranquilidad con que mi madre tomaba su hojicha frente al campo amarillo.

—No puedes seguir —dije.

—Lo sé. —Apoyó la barbilla en las rodillas—.

Por eso he venido a buscarte. Para terminar.

De una manera u otra, David, esto termina contigo.

Siempre supe que terminaría contigo. Eres el único que puede pararme, porque eres el único que entiende por dónde cedo.

—Me miró, y en sus ojos no había amenaza, solo una fatiga inmensa, de siglos—.

Tú eres mi línea de Langer, hermano. Por ti me abro. Por ti, y por nadie más.