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(Marina)
Preparé mi final con la misma calma con que lo he preparado todo, y lo cuento porque es la última obra y merece, como las otras, un testigo.
Empecé días antes, cuando comprendí, por la cara de mi hermano y por una mujer del montón que rondaba el callejón con un termo en un coche camuflado —a la policía se la huele, igual que él pega el oído a las puertas—, que el cerco se cerraba.
No me asusté. Llevaba toda la vida sabiendo cómo terminaría; solo faltaba el cuándo, y el cuándo, por fin, había llegado.
Así que hice lo que sé hacer: ordené. Fui trayendo, una a una, a mi piso del patio, las cajas de la falsa mudanza que nunca deshice, y las fui empapando, noche a noche, de aguarrás y de líquido de mechero, con la paciencia de quien riega unas plantas.
Una casa lista para arder no se improvisa; se cultiva.
Lo aprendí a los doce años, en una cocina, y nunca lo he olvidado.
No lo preparaba por miedo a la cárcel. La cárcel me daba igual; un cuarto sin ventana más, y de esos he conocido varios.
Lo preparaba porque tenía una idea muy clara de cómo debía cerrarse mi proceso, y no era con esposas, ni con un juicio, ni con mi cara en el pódcast de la periodista.
Era con fuego, como empezó. Y era, sobre todo, sin arrastrar a mi hermano.
Esa fue la única variable que me costó calcular: cómo terminar yo sin que él terminara conmigo.
Porque sabía —lo conozco— que David, llegado el momento, intentaría sujetarme.
Es lo único que sabe hacer: ponerse delante, agarrar, sostener.
Tenía que diseñar un final en el que su gesto de siempre, el de sujetar, no le costara la vida.
Un final en el que yo me soltara y él no pudiera impedirlo, para que la culpa de mi caída no fuera suya.
Una ventana. Un patio. Una caída hacia atrás, hacia donde las manos no alcanzan.
Lo calculé como un problema de física, que es lo que era.
Lo que no calculé —lo único, siempre hay una cosa— fue a la periodista.
No contaba con que aquella noche Nora estuviera en juego, con que David subiera a salvarla a ella, con que el final que yo había diseñado para dos terminara teniendo tres personas en una habitación en llamas.
Improvisé. Odio improvisar; el orden es lo único que me separa del caos del que vengo.
Pero improvisé bien, creo. Solté a mi hermano, como tenía previsto.
Le dejé salvar a su periodista, que era lo que él quería sin atreverse a quererlo.
Y me fui por donde me había prometido irme, hacia atrás, hacia el patio, hacia el único sitio sin testigos.
Lo único que cambié, en el último segundo, fue mirarlo.
No estaba en el plan mirarlo. Pero lo miré.
Porque se lo había pedido yo misma, semanas antes, con la cabeza en su hombro: que cuando llegara el momento no me mirara con miedo, sino como a la niña de la acequia.
Y me miró así. Hasta el final. Fue lo único que improvisé que salió mejor que lo planeado.