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Durante unos días, Marina y yo vivimos una tregua que casi parecía una infancia recuperada.
Se quedaba hasta tarde en mi piso blanco.
Cocinaba —cocinaba bien, con una concentración fría que yo prefería no analizar— y hablábamos de tonterías, de los nombres de los huesos de la mano que ella aún recitaba de memoria, escafoides, semilunar, piramidal, de Capitán, del campo amarillo.
Por momentos olvidaba lo que sabía de ella; por momentos, sospecho, ella olvidaba lo que sabía de sí misma.
Dos huérfanos jugando a que la casa nunca ardió.
Pero yo soy lo que soy, y lo que soy es alguien que mira a la gente por donde se abre.
Y cuanto más la miraba, más veía. Vi cómo ordenaba mis cuchillos por tamaño sin darse cuenta.
Vi cómo, al hablar de la tía del norte, de un novio, de una compañera de piso, los nombraba en pasado con una naturalidad que no correspondía a la edad que tendrían esas personas.
Vi, sobre todo, cómo miraba a Nora las dos veces que coincidieron: con la misma atención con que un tasador mira un mueble que estorba en una herencia.
Una noche, fregando los platos, se lo pregunté sin rodeos, porque entre nosotros los rodeos ya sobraban:
—Marina. La tía. ¿Cómo murió la tía?
No se volvió. Siguió fregando, con esa calma de pozo que yo creía mía.
—En un incendio —dijo—. Una estufa vieja. —Aclaró un vaso, lo dejó a escurrir—. Ya sabes lo peligrosas que son las estufas viejas, hermano. Deberían revisarse. La gente no revisa nada. Por eso pasan las cosas .
El agua corría. Yo tenía un plato en la mano y no recordaba haberlo cogido.
Y comprendí, de pie en mi propia cocina, con mi hermana de espaldas, que la tregua se había terminado, que la infancia recuperada nunca había existido, y que la niña a la que salvé en un pasillo hacía diecisiete años no había necesitado nunca que la salvaran.
Había necesitado, apenas, que alguien le sostuviera la puerta.
Yo se la sostuve. Y ella la cruzó entera, y no ha dejado de cruzar puertas desde entonces, dejando a su espalda un reguero de estufas viejas que nadie revisa.