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(Nora)
Mientras los hermanos Salinas se abrían la cabeza el uno al otro en aquel piso blanco, yo hacía lo que sé hacer: tirar del hilo desde fuera, que es desde donde mejor se aprecia el dibujo.
La norma del periodista muerto. No te enamores de tu teoría.
Llevaba meses enamorada de la mía —David, el superviviente, el monstruo tranquilo— y aquella tarde, en la casa quemada, viéndolo desenterrar una jaula con las manos como un niño que recupera un juguete, la teoría se me cayó al suelo y se hizo añicos.
Así que hice lo que toca cuando se te rompe una teoría: barrer los cristales y empezar de cero.
Y empezar de cero significaba, por una vez, mirar a la otra superviviente. A la niña que nadie buscó. A Marina.
Tenía una ventaja: sabía su nombre real, que David me había dado, y conocía su edad. Con eso, y con un par de favores que aún me debían en registros que no debería nombrar, reconstruí los diecisiete años que Marina había pasado en la sombra mientras yo perseguía a su hermano.
El dibujo que emergió me arrebató el sueño de verdad. No el sueño literario, el de las buenas historias: el otro.
Marina había residido en cinco ciudades.
En cada una, durante su estancia, alguien había muerto cerca de ella.
Y no de cualquier modo: siempre alguien que, de una u otra forma, le había hecho daño o se le había interpuesto.
La tía del norte que la crió y que «prefería no remover»: fallecida en un incendio doméstico ocho años atrás, por fuga de gas, dijeron.
Un novio que la había denunciado —o al que ella había denunciado, según un atestado que costó desenterrar—: muerto en un accidente de tráfico sin testigos, salida de vía en una recta.
Una compañera de piso que, según una amiga en común, «le tenía miedo a Marina sin saber explicar por qué»: ahogada en una piscina vacía de invierno, ella que era socorrista.
Un casero. Y una psicóloga, Dios santo, una psicóloga que la trató durante tres años y que un día apareció muerta en su consulta, fallo cardíaco a los cuarenta y un años, sin antecedentes.
Cinco ciudades. Al menos cinco muertes. Todas limpias.
Todas verosímiles. Todas, vistas una a una, perfectamente posibles.
Solo al ponerlas en fila —igual que yo alineo las cajas de la mudanza, igual que David coloca las almohadas— afloraba la arquitectura.
Y la arquitectura tenía una firma. La misma de la noche de La Vega: el fuego que borra, el accidente que tranquiliza, la ausencia de testigos.
Tan empeñados en que todo suene razonable.
No había perseguido a un monstruo. Vivía en el rellano de abajo de dos. Y me había equivocado de planta.
Cogí el teléfono para avisar a David y advertirle de que la hermana recién recuperada, la víctima dulce de la jaula y del canario, llevaba diecisiete años sembrando incendios y accidentes razonables por toda España. Marqué. Sonaron dos tonos.
Entonces, al otro lado de mi puerta, en el rellano del cuarto, sonaron dos golpes. Solo dos. Educados. Pacientes.
Colgué sin querer. Me asomé a la mirilla.
En el rellano, con una caja de cartón entre las manos —una caja sin etiquetar, idéntica a las mías—, estaba Marina. Sonriéndome con una dulzura que ahora, demasiado tarde, me supo a hielo.
—Hola, vecina —dijo a través de la puerta—. ¿Te echo una mano con las teorías? Se te están enfriando.