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(Vega)
Estuve a punto de cogerla. Lo pienso casi cada noche desde que me jubilé, y cada noche el resultado es el mismo: a punto.
Cuando crucé las cinco ciudades y entendí que la asesina era la hermana, monté una vigilancia discreta en el piso del patio, el que daba a la ventana de Salinas.
No pedí refuerzos; un despliegue habría espantado a una presa tan fina.
Me senté yo misma, dos noches, en un coche camuflado en la boca del callejón, con un termo y la paciencia de veintiocho años, esperando ver entrar o salir a la mujer sin rostro que el portero recordaba «como las caras de las páginas de sucesos».
La segunda noche la vi. O creo que la vi.
Una mujer salió del portal desconchado, con un abrigo gris y el pelo recogido, y cruzó el callejón hacia la calle con un paso que no era ni rápido ni lento, sino exacto, ese paso de quien ha calculado a qué velocidad se vuelve uno invisible.
Me bajé del coche. La seguí media manzana.
Y la perdí. No corriendo: la perdí porque dobló una esquina y, cuando yo doblé detrás, no había nadie, ni un portal abierto, ni un taxi, ni una sombra.
Como si se hubiera disuelto en la ciudad.
Veintiocho años persiguiendo gente, y nunca, ni una sola vez, había perdido a alguien en una calle recta.
Aquella mujer no se escondió de mí. Se evaporó, igual que se había evaporado en un incendio diecisiete años atrás sin dejar un hueso.
Volví al coche con un sabor metálico en la boca, mezcla de rabia y de algo peor, de respeto.
Y supe dos cosas. La primera, que no la iba a coger por los métodos de siempre, porque no jugaba con las reglas de siempre.
La segunda, más incómoda, la que me hizo acelerar el caso contra mi propio criterio: que si yo había estado tan cerca, ella sabía que yo estaba cerca.
Y la gente como ella, cuando huele el cerco, no huye.
Cierra. Cierra el proceso, borra los cabos, no deja testigos.
Pisé el acelerador rumbo a comisaría pensando en los dos cabos sueltos que aquella mujer tenía a tiro y que yo no estaba protegiendo: una periodista en un cuarto piso y un hermano en un sexto.
Llegué tarde a casi todo aquella noche. Es lo que peor llevo.
Que el oficio me diera la respuesta correcta con el cronómetro en contra.