130(Vega)
(Vega)
Cuando crucé las cinco ciudades en la pantalla y entendí lo que tenía delante, cometí el error de contárselo al comisario antes de tener una detención, y estuvo a punto de costarme la pensión.
Le entendí perfectamente. Me estaba pidiendo, con otras palabras, que esperara; y esperar, en aquel caso, con una mujer que cerraba puertas a su alrededor, significaba arriesgarse a un cadáver más.
Le dije que no podía esperar, que había vidas en juego, las de un hermano y una periodista que la sospechosa tenía a tiro.
Me contestó que sin pruebas no autorizaba ningún dispositivo, y que si yo actuaba por mi cuenta y salía mal, estaría sola.
Solté la frase que llevaba veintiocho años sin atreverme a soltarle a un superior: «Entonces actuaré sola, comisario, y si sale mal, cargo yo.
Prefiero jubilarme con un expediente disciplinario y la conciencia tranquila que con la pensión intacta y otro muerto que pude evitar.
» Y me fui de su despacho a montar, por mi cuenta y riesgo, la vigilancia del piso del patio.
Salió mal a medias, ya lo conté: la perdí en una calle recta, se me evaporó.
Y aquella misma noche, días después, el caso se cerró solo de la peor manera, con un incendio y una caída a un patio.
El comisario, claro, una vez todo resuelto y con una confesión perfecta en la mano, se apuntó el tanto sin un reproche; así funcionan los que mandan.
No me sancionó. Me felicitó, incluso, en público.
Pero los dos sabíamos que durante unas semanas yo había trabajado al margen, jugándome la pensión, porque el sistema prefería esperar a contar con pruebas irrefutables antes de arriesgarse a remover.
Otra vez la misma palabra. No remover. El epitafio de este caso, de esta familia, de este país: aquí yace la verdad; nadie quiso removerla a tiempo.