Sin testigos 129(Vega)
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(Vega)

Mandé a Rubén de viaje por las cinco ciudades, una semana entera, a tocar las puertas que yo ya no tengo piernas para tocar. Volvió cambiado, como vuelven los novatos del primer caso que les quita la inocencia.

En la primera ciudad, la del norte, habló con el hijo de la tía fallecida en el incendio de la estufa.

Un hombre de mediana edad, amargo, que apenas conoció a su madre porque ella «se volcó en una sobrina que le cayó de no sé dónde».

Le dijo a Rubén una frase que el chico me repitió con la voz todavía temblándole: «Mi madre cambió cuando llegó la cría.

Se volvió rara, asustadiza. Cerraba las puertas con llave por dentro.

Yo creía que era la edad. Ahora que usted me pregunta…

nunca le tuvo miedo a nadie mi madre, era una mujer dura.

Solo le tuvo miedo a aquella niña callada. Y mire cómo acabó.»

En la segunda, la de la recta, la madre del conductor muerto guardaba un detalle que ningún atestado recogió: su hijo, la última semana, le había confesado que «la novia le daba escalofríos», que «se reía de noche, sola, mirando al techo».

La anciana lo contó llorando, convencida de haberle fallado a su hijo por no haber insistido.

Rubén no supo qué decirle. Yo tampoco habría sabido.

En la tercera, la amiga de la socorrista ahogada describió a una compañera de piso que «miraba dormir a la gente».

En la cuarta, los hijos del casero recordaban que su padre, hombre sin miedo a nada, había dejado de bajar al sótano «desde que una inquilina nueva le comentó, como sin querer, lo fácil que es tener un accidente en una escalera a oscuras».

Y en la quinta, en la consulta de la psicóloga, una recepcionista jubilada recordaba a una paciente «encantadora, puntualísima, de las que doblan el abrigo con cuidado», que estuvo tres años y desapareció justo la semana en que la doctora murió.

Rubén extendió sus notas sobre mi mesa, pálido, y dijo: «Jefa, cinco ciudades, cinco testigos, y todos describen sin saberlo a la misma persona.

La puntualidad. El abrigo doblado. La manía de mirar dormir.

Las puertas. No es un perfil. Es un retrato.

» Tenía razón. Habíamos reconstruido a Marina Salinas a través de los recuerdos incómodos de la gente a la que rozó, igual que se reconstruye un fantasma por los objetos que mueve.

Y el retrato que salió de aquellas cinco puertas no era el de un monstruo de película.

Era el de una mujer corriente, educada, ordenada, que doblaba su abrigo con cuidado antes de cerrar la última puerta.

Me di cuenta de que hay personas que ocupan tanto espacio en una rutina que terminan por confundirse con ella.

Dejamos de observarlas. Asume que estarán ahí mañana. Y después resulta que no.