Sin testigos 128
67%

128

Llegó un punto, durante aquellas semanas, en que dejé de preguntarme si debía pararla y empecé a preguntarme cómo.

No con la policía; esa puerta la había cerrado yo mismo una noche, con un teléfono a medio marcar.

No huyendo; huir habría sido dejarla suelta en un mundo lleno de gente que, antes o después, le haría daño o la entendería, las dos únicas categorías que en su contabilidad se saldaban con la muerte.

No convenciéndola; llevaba diecisiete años perfeccionándose, y a un perfeccionista no se le convence: se le interrumpe.

Cada salida que consideraba me devolvía a la misma frontera, la que Marina me había señalado con la cabeza apoyada en mi hombro: tú, que me enseñaste a ponerme delante, eres el único que tiene derecho a pararme.

Lo pensé con la frialdad con que lo pienso todo, desplegando las opciones como un cirujano despliega el instrumental.

Y descubrí, con un asco que me sorprendió porque creía haber perdido la capacidad de asco hacia mí mismo, que era capaz de planearlo.

Que mi cabeza, entrenada desde los catorce años en un tratado de anatomía, sabía perfectamente por dónde cede un cuerpo y por dónde resiste, y que aplicar ese saber a mi propia hermana no me costaba el horror que debería costarme, sino apenas una tristeza administrativa, la de cuadrar una cuenta que llevaba diecisiete años descuadrada.

Era, comprendí, hijo de la misma casa que ella.

El mismo material. La diferencia —la única, la que me repetía como un rezo— era que yo solo había matado para detener a alguien, nunca para llenarme.

Y que, si tenía que volver a matar, sería otra vez por eso: para parar.

Para parar a la única persona a la que no había sabido parar a tiempo cuando tenía doce años y un cuchillo de cocina en la mano .

No tomé la decisión aquella noche. La fui tomando, como se toman las decisiones de verdad, en pequeños gestos que parecen otra cosa: dejando de esconder los cuchillos, mirándola dormir sin marcar ningún número, memorizando sin querer la geometría de mi propio salón como quien estudia un escenario.

Cuando por fin llegó la noche del fuego —el de ella, el del cuarto piso, no el del pueblo—, yo ya había decidido, en el fondo, lo que iba a hacer, aunque me dijera lo contrario.

Por eso subí corriendo cuando entendí que iba a por Nora.

No subí solo a salvar a la periodista. Subí, también, aunque me costara diecisiete años admitirlo, a cumplir por fin la promesa que le hice a una niña en un jardín: ponerme delante.

Una última vez. Fuera cual fuese el precio. Lo pagara quien lo pagara.