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(Vega)
Lo que ata a un asesino en serie no es la sangre; es la costumbre. Y la costumbre deja rastro, porque el ser humano, hasta para matar, repite lo que le funciona.
Tardé en verlo porque estaba mirando al hermano.
Tenía a David Salinas encuadrado como el superviviente sospechoso, el niño que no temblaba, y cuando uno encuadra a alguien, deja de ver lo que queda fuera del encuadre.
Fue una conversación de pasillo con una compañera de la central, una que se dedica a cruzar bases de datos y que me movió la cámara.
Le mencioné el caso, el incendio antiguo, la niña sin restos, y ella, por hacerme un favor, metió el nombre de la cría —Marina Salinas— en el sistema, a ver si saltaba algo.
No saltó con ese nombre; la cría había cambiado de apellidos al ser acogida.
Saltó cuando cruzamos la fecha y el lugar de nacimiento con muertes no resueltas en su entorno a lo largo de los años.
Y la firma la conocía. Era la misma de la noche de La Vega: el fuego que borra, el accidente que tranquiliza, la ausencia milimétrica de testigos.
Llevaba semanas atribuyéndosela al hermano, al hombre frío de las dos torres.
Y resultaba que el hermano no había salido de Valencia en años, mientras que la otra, la muerta, la niña que se evaporó en un incendio, había estado muy viva, mudándose de ciudad en ciudad, dejando a su paso un reguero de gente que un día le hizo daño o, peor, que un día la entendió.
Me serví un café que no bebí. Veintiocho años en el cuerpo, y solo entonces entendí qué clase de error había estado a punto de cometer.
La culpa inteligente no solo se pone serena: a veces se sienta en el jardín, descalza, de espaldas a la cámara, y deja que el mundo fotografíe a su hermano mientras mira el fuego.
Yo había mirado al chico del jardín durante semanas.
Tenía que haber mirado quién tomó la foto.