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Los últimos días supe que la policía rondaba, y lo supe por los mismos métodos por los que lo sé todo: mirando.
Una mañana, al bajar a por el pan, reparé en un coche aparcado en la boca del callejón que no encajaba.
Demasiado limpio para el barrio, demasiado vacío para la hora, con el inconfundible aire de los vehículos camuflados, que intentan no llamar la atención y, por eso mismo, la llaman a quien sabe mirar.
Dentro, una figura con un termo. Pasé de largo sin girar la cabeza, con el paso exacto de quien no ha visto nada, y subí los seis pisos calculando.
No era casualidad. Era vigilancia. Y si vigilaban el callejón, vigilaban el piso del patio.
Y si vigilaban el piso del patio, sabían lo de Marina, o estaban a punto de saberlo.
Se lo dije a Marina esa noche, sin dramatismo, como se comunica el tiempo.
«Te vigilan. Hay un coche en el callejón.
La inspectora, o su gente.» Esperaba alarma, planes de fuga, la frialdad operativa de quien lleva diecisiete años escapando.
No la hubo. Marina dejó el cuchillo con el que troceaba la cena, se quedó quieta un momento, y luego sonrió, con una serenidad que me dio más miedo que cualquier pánico.
«Bien —dijo—. Ya era hora. Estaba tardando, tu inspectora.
Me caía bien, ¿sabes? Por las cartas que le mandé a tu periodista, supe enseguida que era de las que no apartan la cara.
Lástima que llegue tarde. Llegan todos tarde a esta familia.
Es nuestra especialidad: que nos encuentren cuando ya no hay nada que salvar. »
Comprendí, al verla sonreír ante la noticia de su propio cerco, que Marina no pensaba huir.
Que llevaba semanas, quizá desde que llegó, preparando no una escapatoria, sino un final.
Que el coche del callejón no era para ella una amenaza, sino una señal: la del reloj que por fin marca la hora.
Y comprendí, con el estómago cerrado, que el tiempo de la tregua, el de los mediodías al sol y las canciones de mamá, se había agotado, y que lo que viniera a continuación ya no lo decidiríamos del todo nosotros, sino la inercia de las cosas: un coche en un callejón, una periodista que sabía demasiado, una hermana que prefería arder a vivir podrida, y yo en medio, como siempre, preparándome para ponerme delante de algo una última vez, sin saber todavía delante de qué.
Aquella noche no dormí, yo que duermo siempre.
Marina, en el sofá, sí. La oí respirar, tranquila, la respiración de quien ha terminado de calcular y solo espera la hora.
Envidié su calma, como envidio el sueño de quienes no cargan con culpa.
Y velé, hasta el amanecer, custodiando el último sueño tranquilo de mi hermana, sin saber que sería, casi, el último.