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(Nora)
Los últimos días antes del incendio supe que algo iba a pasar, y no hice lo que debía, y con eso tengo que vivir.
Lo supe por acumulación, como se saben las cosas importantes: las dos caligrafías gemelas bajo mi lámpara, el rastro de las cinco ciudades que había reconstruido en secreto, la mirada de Marina en aquella cena calibrándome como a una pieza, la forma en que David, de pronto, había empezado a llamarme menos, a protegerme de algo que no nombraba.
Sumé todo eso una noche, sola en mi cuarto, y la suma me dio una palabra que me heló: peligro. No para él. Para mí.
Debí marcharme. Cualquier persona cuerda se habría marchado: hacer las maletas, dejar el edificio, publicar lo que tenía y ponerse a salvo.
Tenía la transcripción mental de meses de investigación, tenía la sospecha fundada de que la hermana de mi vecino era una asesina en serie, tenía un instinto profesional que llevaba años sin fallarme, gritándome que corriera.
Y no corrí. Me quedé. ¿Por qué? Me lo he preguntado mil veces, y la única respuesta honesta es la más incómoda para una periodista que presume de objetividad: me quedé por él.
Porque me había dejado entrar. Porque su mano había terminado sobre la mía frente a una ventana.
Porque, contra toda mi norma, contra todo mi oficio, me había enamorado del protagonista de mi caso, que es el pecado capital de mi profesión, el que te ciega, el que mata a las de mi especie.
Intenté avisarlo, eso sí, a mi manera cobarde.
La última noche tranquila le pregunté de frente quién era Marina de verdad, le di la oportunidad de contármelo, de pedirme que me fuera, de protegerme con la verdad.
Y él eligió protegerla. Me dio una verdad pequeña para tapar la grande, y yo —esto es lo que no me perdono— me dejé tapar.
Quise creerle. Me convenía creerle, porque creerle me permitía quedarme, y yo quería quedarme.
Así que aposté mi vida a la lealtad de un hombre dividido entre su hermana asesina y yo, y tuve la suerte inmensa, inmerecida, de que, en el último segundo, en una habitación en llamas, eligiera empujarme hacia la puerta.
Pudo no hacerlo. Estuvo, lo vi, partido por la mitad.
Vivo porque un hombre roto, en una décima de segundo, me eligió a mí por encima de su propia sangre.
No es un final feliz. Es un indulto. Y los indultos, a diferencia de las absoluciones, no te dejan tranquila: te dejan en deuda para siempre con quien podría no haberte salvado y te salvó.