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—Voy a dejar que ella lo cuente todo —prosiguió Marina, señalando a Nora con la barbilla—.
Todo lo que soy, todo lo que hice, desde la noche del pueblo hasta hoy.
Una historia preciosa. Va a ser un pódcast magnífico, Nora, de verdad, lo vas a bordar.
—Volvió a mirarme—. Y, al final de esa historia, habrá un nombre.
Un culpable. Un monstruo que mató a su familia a los quince años y siguió matando durante diecisiete, ciudad por ciudad, fuego por fuego, hasta que una policía testaruda y una periodista valiente lo destaparon.
El frío me trepó por la espalda, escalón a escalón, igual que subo yo mi propio edificio.
—Ese nombre vas a ser tú, David —dijo mi hermana, con dulzura—. Como la otra vez. Tú abriste la puerta; es justo que tú cargues la cuenta. Se te da de maravilla. Llevas toda la vida ofreciéndote gratis.
—No tienes nada que me ate a tus muertos —repliqué, aunque ya veía, con un horror administrativo, que sí podía atarme.
—Ay, David. —Suspiró, con una paciencia de maestra que era, ahora lo comprendía, lo más aterrador de ella—.
¿De verdad crees que vine sin hacer los deberes?
Te he tenido sentado frente a mí durante tres meses.
¿Para qué imaginas que servía todo aquello?
¿La consulta? ¿El «doctor, anóteme esto»?
—Imitó, cruel, la voz de Carla, y escucharla fue como verla despegarse una segunda cara de debajo de la primera—.
Tengo tu letra, hermano. Cuadernos enteros con tu letra, igual a la mía; siempre lo fue.
Nos adiestró la misma maestra. Tengo notas escritas por mí que cualquier perito jurará que son tuyas.
Tengo en mi piso una pared preciosa. ¿La viste?
Claro que la viste; te la dejé ver: con diecisiete años de tu vida clavados con chinchetas.
La pared de un obseso. La de un hombre que llevaba media vida vigilando a su familia muerta.
—Sonrió—. Solo que la pared está en mi piso, y mi piso, querido, lleva tres meses alquilado a tu nombre.
En efectivo. Con tu DNI, que copié el primer día.
¿Recuerdas que siempre pagaba en efectivo? Qué detalle. Qué previsora.
El suelo del 4.º B no se movió. Ya lo expliqué: las habitaciones no se mueven. Pero por dentro caí, de nuevo, hacia donde caigo siempre.
—Las muertes de mis cinco ciudades —continuó, contando con los dedos, casi disfrutando— encajarán contigo en cuanto Vega tire del hilo correcto, y se lo voy a poner facilísimo.
Coartadas tuyas que se desmoronan. Un patrón que es el tuyo: el fuego, el accidente, la ausencia de testigos.
Tu propio libro, David, tu ensayo sobre las pequeñas crueldades y el control, leído del revés, es la confesión de un psicópata metódico.
Cualquier fiscal lo usará. Lo escribiste tú.
—Abrió las manos—. Yo solo he ordenado tu vida para que cuente la historia que la gente ya deseaba creer de ti: el niño que sobrevivió al fuego sin un rasguño, el hombre invisible del edificio imposible de no ver.
Llevas diecisiete años cosiéndote el disfraz de monstruo. Yo apenas le he abrochado los botones.
Miré a Nora. Había sacado, muy despacio, el teléfono, y lo había dejado sobre la caja, con la pantalla encendida, grabando. Marina lo vio. Por supuesto que lo vio. Y, para mi espanto, sonrió aún más.
—Graba, graba —le dijo—. Por favor. Es lo que quiero.
¿Aún no lo entiendes, periodista? Todo lo que digo, dicho en esta habitación, con él delante, suena a lo que es: a una mujer rota contándole a su hermano cómo va a vengarse de él.
Nadie oirá una confesión. Oirán una amenaza.
Y las amenazas no condenan a quien las pronuncia; condenan a quien las recibe, sobre todo si al día siguiente aparece muerto el que las decía.
—Ladeó la cabeza—. Porque ese es el plan.
Que yo aparezca muerta. Aquí. Esta noche.
En el piso que tú alquilaste. Con tu letra por todas partes.
Y con una periodista que te oyó amenazarme.
—Yo no he amenazado a nadie —dije .
—Todavía. —Dio un paso hacia mí—. Pero lo harás.
Porque te conozco, David. Eres mi hermano.
Y sé exactamente qué palabra dirás, dentro de un momento, cuando entiendas que el único modo de que yo no le haga daño a ella es que me lo hagas tú a mí.
Lo sé porque es la misma palabra de aquella noche.
Te la dirás a ti mismo. Y esta vez tampoco vas a parar.