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(Marina)
Ya que confieso, confieso entera. Mi hermano no recuerda lo que pasó después de que se sentó en el suelo del pasillo.
Yo sí. Lo recordé hace años, en una madrugada cualquiera, y desde entonces no he dejado de recordarlo ni una sola noche.
No me pesa. Esa es la parte que nadie entiende: que no me pesa.
Papá ya estaba en el suelo cuando salí al pasillo.
Eso lo hizo David, y lo hizo por mí, y se lo agradeceré mientras viva.
Pero David, cuando terminó, se vació. Lo vi vaciarse.
Se sentó, se miró las manos y dejó de estar.
Y mamá seguía gritando desde la cocina, ese grito sin aire, y Tomás había salido de su cuarto y se arrodillaba junto a ella, y los dos miraban a papá en el suelo con una cara que yo conocía muy bien: la de los que ya están pensando en qué van a contar.
A quién van a contárselo. La cara de los testigos.
Tenía doce años y entendí, con una claridad que no he vuelto a tener nunca, algo sencillo: si mamá y Tomás contaban lo que habían visto, a David se lo llevaban para siempre.
Mi muro. El único que se ponía delante. Y yo me quedaba sola en el mundo con la gente que pone gafas de sol en enero y dice que no hay que remover.
No lo decidí con rabia. Lo decidí con orden, que es como decido todo desde entonces.
Cogí del cajón de la cocina lo que había que coger.
Mamá no se defendió; creo que, en el fondo, llevaba años esperándolo, aunque no de mí.
Tomás sí, un poco, por instinto: levantó las manos, los antebrazos, los dedos, igual que lo describen los informes que años después leería mi hermano sin saber que describían mi obra y no la suya.
Lesiones de defensa. Qué nombre tan educado para el último gesto de alguien que te quería .
Después solté a Capitán por la ventana, porque un capitán no merece hundirse en un barco que no eligió, y encendí la cocina vieja de la manera en que se enciende un accidente.
El fuego, ya lo he dicho, es la forma más limpia.
Saqué a David del pasillo tirándole del brazo; se dejó llevar como un sonámbulo, descalzo, sin preguntar.
Lo dejé en el jardín, a salvo, de cara a la casa, y le susurré al oído lo único que se me ocurrió para que sobreviviera a aquello: «Tú no has hecho nada malo.
Tú nos has salvado. Yo no estaba aquí. ¿Lo entiendes?
Yo ya estaba muerta.» Y crucé el campo hacia la acequia, hacia la tía que esperaba sin saber muy bien qué, con el canario volando sobre mi cabeza como una bandera diminuta.
Diecisiete años después, mi hermano se declararía autor de los cuatro.
No por mentir: por amor mal entendido y memoria mal cosida.
Yo le había metido en la cabeza, a los quince años, en un jardín, la semilla de su propia inocencia disfrazada de culpa: «tú nos has salvado», «yo ya estaba muerta».
Su mente, para sobrevivir, le dio la vuelta a todo: convirtió mi «yo ya estaba muerta» en «yo te maté», porque cargar con mi muerte le resultaba más soportable que cargar con mi supervivencia.
Es más fácil ser un asesino que el cómplice de un monstruo al que quieres.
Lo sé porque soy ese monstruo, y porque, a mi manera retorcida, también lo quiero a él.