Sin testigos 122(Marina)
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(Marina)

La quinta fue mi psicóloga. María Jesús. Y esta me dolió, porque a esta no me la merecía.

Acudí a ella de verdad, sin segundas intenciones, agotada de ser ilegible, buscando lo que busca todo el mundo en una consulta: que alguien sostenga lo que uno no puede sostener por sí solo.

Durante tres años casi lo consigo. María Jesús era buena, paciente, cálida de una manera que yo no había conocido en ninguna casa.

Y justamente por buena, por paciente, por cálida, se acercó demasiado.

Empezó a ver el dibujo. Un día, con mucho tacto y esa dulzura profesional que reconozco porque mi hermano la emplea, me preguntó si yo había tenido «algo que ver» con ciertas pérdidas de mi pasado.

Lo preguntó para ayudarme. Lo sé. Esa es la parte insoportable: que lo preguntó para ayudarme.

No podía consentir que en el mundo existiera una persona que hubiera visto el dibujo entero.

Un testigo no deja de serlo por ser bondadoso; al contrario, el testigo bondadoso es quien termina hablando porque cree que la verdad cura.

La encontraron en su consulta, sentada en su butaca, con fallo cardíaco a los cuarenta y un años, sin antecedentes.

Hay sustancias que un corazón joven no distingue de su propio cansancio.

No hubo fuego, ni accidente, ni escándalo.

Hubo, eso sí, por primera vez, algo que en las otras cuatro no había sentido: pena.

Una pena limpia, sin culpa, pero pena al fin.

Y esa noche, llorando por María Jesús sin entender por qué lloraba, comprendí lo que me faltaba.

No me faltaba matar mejor; eso lo hacía de sobra.

Me faltaba que alguien lo supiera. Llevaba diecisiete años ejecutando una obra perfecta en una sala vacía.

María Jesús había estado a punto de ser mi público, y había tenido que cerrarle los ojos antes del aplauso.

No volvería a tropezar con esa soledad. Necesitaba un testigo incapaz de traicionarme, que me entendiera de verdad, desde dentro, desde el mismo pasillo.

Solo existía una persona así en el mundo.

Por eso, aquella noche, saqué de una caja la única fotografía que conservaba de la niña que fui, le di la vuelta y escribí en el dorso, con mi mejor letra, la de la escuela del pueblo, idéntica a la suya: Para cuando vuelvas a buscarme.

Y empecé a buscarlo a él.