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(Marina)
El cuarto fue un casero, y de él diré poco, porque fue el más vulgar, y los crímenes vulgares aburren hasta a quien los comete.
Subía el alquiler a capricho, entraba en mi piso sin avisar «porque era suyo», me miraba como mi padre miraba a mi madre.
Un día rodó por una escalera mal iluminada de un edificio cuyo dueño, qué casualidad, llevaba meses sin arreglar la luz del rellano.
La negligencia, a veces, es la coartada más elegante: nadie busca una mano detrás de un descuido que la propia víctima venía cometiendo.
Esa lección la aprendí de un experto. Mi hermano había transformado un asesinato en accidente doméstico a los quince años, y un pueblo entero le creyó. Yo apenas perfeccioné la herencia.
Pero fue con el quinto cuando comprendí qué me faltaba, y por qué, pese a hacerlo todo tan bien, no encontraba la paz.