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(Marina)
Del casero diré, ya que confieso entero, algo más que lo poco que dije, porque fue él quien me enseñó a mí misma lo lejos que había llegado.
Se llamaba Robles y era de los que disfrazan el abuso de derecho.
«Es mi propiedad», decía, y con esa frase justificaba entrar en mi piso cuando yo no estaba, subir el alquiler a capricho, mirarme de arriba abajo en el rellano con una sonrisa que conocía bien, la de los hombres que han aprendido que pueden.
Me recordaba a mi padre, no en lo grande, sino en lo pequeño: en la manera de ocupar el espacio, de hacerte sentir que estás de prestado en tu propia vida.
Lo soporté meses, calculando, esperando, como me enseñó mi hermano en una acequia: la gente que hace daño también se confía.
Robles llevaba tiempo sin arreglar la luz del rellano de su edificio.
Quejas de todos los inquilinos, por escrito, incluidas las mías, muy oportunas.
Una negligencia documentada, suya, perfecta.
Una noche lo esperé. No hice nada, esa es la elegancia: no hace falta empujar a quien sube confiado una escalera que él mismo se negó a iluminar.
Solo hace falta estar, y no estar. Coincidir en lo oscuro y dejar que la física y su propia desidia hagan el trabajo.
Cayó. Se rompió el cuello en su propia escalera a oscuras, y el informe dijo lo que tenía que decir: accidente por falta de iluminación, responsabilidad del propietario, qué ironía, responsabilidad suya.
Lo que no dije antes, lo que solo a mi hermano podría contarle, es lo que sentí bajando aquella escalera después: nada.
Y ese nada me aterró más que cualquier remordimiento.
Porque significaba que la máquina había aprendido a funcionar sin combustible, que ya no necesitaba ni odio ni miedo ni orden para moler, que molía por inercia.
Con la tía sentí rabia vieja. Con el novio, la paz de devolver una lección.
Con la compañera, fastidio. Con María Jesús, pena.
Con Robles, nada. Cero. Una transacción limpia y vacía.
Y comprendí, en aquella escalera a oscuras, que estaba a un crimen de distancia de matar sin motivo alguno, por puro hábito, como quien se muerde las uñas.
Que la niña de la acequia se había gastado por completo, que solo quedaba el mecanismo.
Robles fue el penúltimo. Después vino María Jesús, que por un segundo me devolvió la pena, es decir, la prueba de que aún quedaba dentro algo humano.
Y por eso lloré a María Jesús y a Robles no.
Robles me enseñó lo que era. María Jesús me recordó lo que había sido.
Entre los dos me convencieron de que había llegado la hora de volver a buscar a David.
No para matar otra vez. Para que alguien viera a la niña de la acequia antes de que el mecanismo la borrara para siempre.
Robles fue, sin saberlo, mi última lección antes de volver a casa.
Me enseñó que ya casi no quedaba nadie a quien volver.