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(Marina)
A María Jesús llegué buscando, por una vez, exactamente lo que la gente normal busca en una consulta: que alguien me ayudara a parar.
No le dije la verdad, claro. Le di una versión: pesadillas, insomnio, una infancia difícil, un incendio, una familia perdida, una culpa de superviviente que no terminaba de encajarme.
Todo cierto en la forma, todo falso en el fondo, mi especialidad.
Pero, a diferencia de las cinco ciudades, con María Jesús no fui a cerrar una puerta.
Fui a pedir, con la voz más pequeña que tengo, que alguien me enseñara a no cerrar la siguiente.
Estuve tres años yendo. Tres años son muchos para alguien como yo.
Tres años son casi una vida entera de confianza.
Era buena. Cálida sin empalago, paciente sin condescendencia, lista sin presumir.
Por primera vez desde la acequia, alguien me sostenía la mirada sin que yo tuviera que calcular por dónde se abría.
Empecé, despacio, a deshelarme. Y ahí estuvo el error, el suyo y el mío: que al deshelarme, asomó el dibujo.
Una tarde, con todo el tacto del mundo y esa dulzura profesional que años después reconocería idéntica en mi hermano, me preguntó si yo había «tenido algo que ver» con algunas de las pérdidas que arrastraba.
No me acusó. Me tendió una mano. Me ofreció, sin saberlo, la única cosa que yo llevaba toda la vida deseando y temiendo a partes iguales: ser vista entera.
Y no lo soporté. Esa es la verdad que más me cuesta confesar, más que los cinco nombres.
No la maté porque fuera un peligro; la maté porque estuvo a punto de ser mi público, y descubrí, con un terror que no había sentido nunca, que no estaba preparada para que mi primer testigo fuera una desconocida bondadosa que cobraba por hora.
Si alguien iba a verme entera y a seguir queriéndome, no podía ser ella.
Tenía que ser él. Tenía que ser de mi sangre, de mi pasillo, de mi acequia.
María Jesús tuvo la desgracia de llegar a la verdad antes que mi hermano, y de no ser mi hermano.
La lloré como no lloré a ninguno. Y, llorándola, supe por fin lo que tenía que hacer: dejar de cerrar puertas al azar por media España y volver, de una vez, a la única puerta que importaba.
La del sexto piso de un edificio imposible de no ver.