Sin testigos 118(Marina)
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(Marina)

La tercera fue una compañera de piso y, de las cinco, es la que la periodista entenderá menos, porque desde fuera parecerá la más gratuita.

No lo fue; ninguna lo fue. Ella me robaba —menudencias, dinero suelto, un reloj— y, sobre todo, me contaba.

Iba diciendo por ahí que yo era «rara», que le daba «no sé qué», que a veces me sorprendía al verla dormir.

Eso último era verdad, lo confieso: tengo esa costumbre desde niña, la de mirar dormir a la gente y decidir, sin despertarla, si merece seguir durmiendo.

Pero una cosa es saberlo una y otra vez, que lo pregone, que te señale, que te vuelva legible ante desconocidos.

La gente que te hace legible es la más peligrosa de todas: te arrebata el único escondite que de verdad importa, el de no ser comprendida.

Era socorrista, lo cual tiene su ironía: pasaba el verano rescatando a desconocidos del agua.

La hallaron en invierno, en el fondo de una piscina vacía, con la cabeza abierta contra el azulejo.

Resbalón nocturno, dijeron. Una pena, con lo bien que nadaba.

Esa noche no hubo fuego; no todo se cierra igual, y un buen oficio sabe variar la herramienta.

Lo que sí hubo, de nuevo, fue esa sensación limpia, ligera, parecida a la de dejar de notar una presión en el pecho sin saber cuándo empezó.

Mi hermano la bautizó, en su confesión robada, como alivio.

Acertó con el nombre. Erró solo en el dueño.