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(Marina)
El segundo fue un hombre que me quería del modo en que algunos hombres dicen querer: como se quiere un objeto que se teme perder.
Me rompió dos costillas un domingo por la tarde y, el lunes, lloró y me compró flores; y yo, que de niña había visto a mi madre aceptar exactamente esas flores, supe que conocía el final de aquella película fotograma a fotograma.
La denuncia la puse yo; la jueza no firmó la orden a tiempo.
El sistema, tan empeñado en que todo sonara razonable, me explicó que «no había riesgo inminente». Lo hubo. Aunque no para mí.
Conducía deprisa por las rectas, presumía de ello y sostenía que las curvas eran para los cobardes.
Una recta es el lugar más sencillo del mundo para que un coche se salga, si la noche viene cerrada y nadie mira.
Aprendí entonces algo que mi hermano nunca quiso admitir sobre sí mismo: que existe una paz enorme, casi tierna, en devolverle a alguien la lección exacta que vino a darte.
No lo odiaba cuando ocurrió; le agradecía, en cierto modo, haberme enseñado que el miedo puede mudar de bando.
Dejé aquella ciudad sin mirar atrás. Sin testigos.
Empezaba a gustarme la expresión más de lo que convenía.