Sin testigos 116(Marina)
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(Marina)

Con el casero aprendí que la negligencia ajena es el mejor cómplice, y se lo debo, sin saberlo, a mi hermano.

David convirtió, a los quince años, un asesinato en un accidente doméstico, y un pueblo entero lo creyó porque la gente prefiere un accidente a un asesino entre los suyos.

Yo apliqué la lección con un casero que llevaba meses sin arreglar la luz del rellano de su propio edificio, pese a las quejas de todos los inquilinos, incluida la mía, que constaba por escrito, qué oportuno.

Un hombre que entra en los pisos sin avisar «porque son míos», que sube el alquiler por capricho, que te mira como mi padre miraba a mi madre, ese hombre se cae solo por una escalera a oscuras que él mismo se negó a iluminar.

No hace falta empujar. Apenas hace falta estar.

La diferencia entre un accidente y un crimen, descubrí, es a menudo solo una cuestión de quién decide no encender la luz, y cuándo.

No sentí nada por el casero. Ni alivio ni pena ni orden; nada.

Y eso me asustó más que cualquier otra cosa, porque significaba que la herramienta estaba empezando a funcionar por sí sola, sin que yo le pusiera dentro ningún sentimiento, como una máquina que sigue moliendo aunque ya no quede grano.

Aquella noche, conduciendo de vuelta, me miré en el retrovisor y no me reconocí: no por monstruosa, sino por ausente.

La niña de la acequia, la del canario, la que le ponía a un pájaro un nombre grande para que no tuviera miedo, se había ido vaciando, ciudad a ciudad, hasta quedar en una superficie pulida, ordenada, sin nadie dentro.

Y entendí que necesitaba urgentemente una de dos cosas: o parar, o que alguien me viera entera antes de desaparecer del todo.

Parar no sabía. Así que busqué lo otro. Busqué a David.

No para que me salvara —ya nadie me salvaba—, sino para que, al menos, alguien supiera que la niña de la acequia existió antes de que la máquina la borrara por completo.