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(Marina)
De la compañera de piso conviene que cuente el antes, no solo el después, porque el después se entiende mal sin el antes, y yo, ya que confieso, confieso con contexto.
Compartí con ella casi un año, en una ciudad del sur cuyo nombre no hace al caso.
Se llamaba Sonia, era enfermera, tenía risa fácil y esa generosidad ruidosa que la gente confunde con bondad.
Al principio me cayó bien, todo lo bien que me cae alguien.
Me invitaba a sus cenas, me presentaba a sus amigos, intentaba «sacarme de mi cueva», como decía ella.
Yo me dejaba, hasta cierto punto, porque una sombra a veces necesita ponerse a la luz para no levantar sospechas.
Lo que Sonia no toleraba, lo que ninguna Sonia tolera, era que hubiera una habitación de mí a la que no dejaba entrar.
Y empezó a forzarla. A preguntar de más.
A revisar mis cosas «sin querer». A comentar, entre amigos, con esa risa fácil, que yo era «un misterio», que «daba un poco de cosa», que una noche me había encontrado «mirándola dormir desde la puerta, quietísima, qué rara».
Eso último era cierto. Ya lo he dicho: tengo esa costumbre desde la acequia.
Miro dormir a la gente y decido, sin despertarla, si merece seguir durmiendo.
A Sonia la miré dormir muchas noches sin decidir nada, porque no me estorbaba lo suficiente.
Lo que cambió la cuenta no fue que me robara —dinero suelto, un reloj, menudencias—.
Fue que me volviera legible. Que me señalara.
Que les diera a los demás un mapa de mí: «la rara», «la que mira dormir».
Una sombra señalada deja de ser sombra. Y yo no podía permitirme dejar de ser sombra, porque debajo de la sombra estaba todo lo que la acequia me había enseñado .
La piscina del polideportivo cerraba en invierno y la vaciaban para limpiarla.
Sonia, socorrista en verano, tenía llave todo el año; le gustaba bajar de noche, sentarse en el borde del vaso vacío «a pensar», presumía.
Una noche la acompañé. Hablamos. Le pedí perdón por ser tan reservada, le dije que tenía razón, que debía abrirme más, y ella, generosa, ruidosa, me abrazó al borde de aquel pozo de azulejo.
El resto ya lo conté: una pena, con lo bien que nadaba.
No hubo fuego esa vez. Hubo azulejo, y silencio, y la sensación limpia de siempre.
Pero hubo, también, por primera vez, un matiz nuevo que no supe nombrar hasta María Jesús: cansancio.
Empezaba a cansarme de cerrar puertas que nadie sabía que yo cerraba.
La obra crecía, perfecta, y la sala seguía vacía.
Faltaba mi hermano. Pero a mi hermano todavía no me atrevía a buscarlo.