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(Marina)
Voy a contar las cinco, porque mi hermano querría que alguien las contara bien, y porque la periodista, cuando las encuentre, las contará mal: las pintará de monstruo, y el monstruo es un personaje aburrido.
Yo no soy un monstruo. Soy una alumna aplicada.
Aprendí a mirar a las personas por dónde se abren observando a David mirar a nuestro padre, y aprendí a cerrar lo que estorba esa misma noche, a los doce años, en un pasillo.
Lo demás fue práctica. Toda destreza mejora con la práctica.
La primera fue la tía. María Asunción, viuda, del norte.
Me sacó de aquel campo helado la noche del fuego, me metió en un coche y me cambió la vida y casi el nombre, y durante años creí que se lo debía todo.
Tardé en entender que no me había salvado: me había guardado, igual que se guarda una culpa en un cajón.
Me encerraba en un cuarto sin ventana cuando lloraba de noche, y me lo decía con la voz dulce de los que hacen daño con método: que era «por mi bien», que «no removiera», que «las niñas calladas son niñas buenas».
Reconocí en ella, demasiado tarde, la misma técnica de mi padre, solo que sin gritos: el silencio impuesto, la ventana clausurada, el orden a costa de la otra.
Cuando cumplí veintiuno y me marché, le dejé funcionando una estufa vieja que ella jamás había revisado.
Volví ocho años más tarde, por una sola noche, para comprobar que seguía sin revisarla.
No sentí nada parecido a la rabia. Sentí orden: una cosa que llevaba mucho tiempo torcida, por fin derecha.
El fuego, como ya lo decía David, es la manera más limpia de cerrar un proceso.