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(Marina)
Hubo uno al que no maté, y lo cuento porque me explica mejor que los cinco que sí.
Fue entre la tercera y la cuarta ciudad, en un tren nocturno.
Un hombre se sentó a mi lado, de madrugada, en un vagón casi vacío, y empezó con esa labia de los que han hecho del acoso una forma de conversación.
Que si viajaba sola, que si qué guapa, que si por qué tan seria.
Le seguí el juego un rato, por costumbre, midiéndolo por dónde se abría, calculando ya, casi sin querer, la parada solitaria, el andén sin cámaras, lo fácil que es que alguien caiga a la vía entre dos vagones.
La máquina, ya lo dije, había aprendido a funcionar por sí sola.
Tenía el plan ya montado antes de decidir si quería seguir adelante.
Y entonces el hombre, envalentonado por mi silencio, sacó el móvil y me enseñó una foto «para que viera que era buen tío»: dos crías pequeñas, hijas suyas, en una playa, riéndose con esa risa desdentada de los seis años.
«Son mi vida», dijo, con una ternura que no encajaba con el resto de su persona, y siguió a lo suyo, al acoso, sin notar que algo, en mí, se había detenido.
Porque en aquella foto, en la risa desdentada de la mayor, vi a alguien.
Me vi a mí, a los seis años, en una acequia seca, antes de que las manos cerradas y los pasillos me enseñaran lo que enseñan.
Vi a la niña que aquel hombre desagradable tenía esperándola en casa, y vi, con una claridad que me dejó sin aire, lo que le esperaba a esa niña si yo cerraba esa noche la puerta de su padre: el coche, el luto, el cambio de nombre, la tía del norte, el cuarto sin ventana, la máquina que muele el aire.
La cadena entera. Mi propia cadena, transmitida a otra cría desdentada que no tenía culpa de nada.
Me bajé en la siguiente parada, aunque no era la mía.
Dejé al hombre con su labia, sus dos hijas y su vida intacta, y caminé por un andén frío, preguntándome qué me pasaba y por qué la máquina se había detenido por primera vez.
Tardé en entenderlo. No lo perdoné a él; los hombres como él no me importan, son intercambiables, hay uno en cada vagón.
Perdoné a sus hijas. O más bien: me negué, por una vez, a fabricar otra como yo.
Fue lo más cerca que estuve de la bondad en diecisiete años, y llegó por el camino más torcido: no matando a un hombre que lo merecía, para no condenar a una niña que no me había hecho nada.
Esa noche, en el andén, supe que la máquina no me había borrado del todo, que quedaba dentro una astilla de la niña de la acequia.
Y supe, a la vez, que esa astilla era insoportable, porque una asesina con un resto de conciencia no descansa ni en el crimen ni en la inocencia: se queda en mitad del andén, a oscuras, sin pertenecer a ninguno de los dos lados.
Aquella noche decidí, definitivamente, volver a buscar a mi hermano.
No por los que maté. Por el que no maté.
Por la astilla. Necesitaba que alguien la viera antes de que la máquina terminara de molerla.