Sin testigos 108(Marina)
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108(Marina)

(Marina)

Los pocos que me han conocido —y siguen vivos para contarlo, lo cual no abundan— dirían que soy una mujer fría.

Se equivocan. La fría es la otra. Yo no soy fría: soy ordenada.

Es distinto. El frío no siente; el orden siente y coloca.

Yo siento muchísimo. Lo que ocurre es que tengo un sitio para cada cosa que siento; la coloco ahí, cierro el cajón y, por eso, parezco serena.

Aprendí de niña, en una casa donde sentir en voz alta costaba el labio partido o algo peor.

Aprendí a guardar. Un día descubrí que también se puede guardar a las personas.

Que a las personas que estorban el orden se las puede colocar en su sitio.

Quietas. Definitivas. Exactamente donde deben estar.

La primera vez no la recuerdo del todo. Es lo único que comparto con mi hermano: las dos tenemos un agujero en el mismo punto, la noche del pueblo.

A partir de ahí, nuestros agujeros se bifurcan.

El suyo se llenó de culpa inventada; el mío, de método.

David se construyó una cárcel. Yo me construí un oficio.

No fue de golpe, conviene aclararlo, porque la gente imagina a las de mi especie naciendo terminadas, con los dientes ya afilados.

No. A mí me fueron afilando. La tía del norte que me crió, esa que «prefería no remover», me encerraba en un cuarto sin ventana cuando lloraba por las noches; tardé años en entender que el silencio que me exigía era el mismo que mi padre había impuesto en aquella casa, solo que sin gritos.

El primer novio me rompió dos costillas y una orden de alejamiento que la jueza no firmó a tiempo.

La compañera de piso me robaba, me humillaba, contaba a quien quisiera oírla que yo era «rara».

Cada uno de ellos me explicó, sin proponérselo, una lección sencilla: el mundo solo respeta el orden que no puede deshacer.

Y yo sé poner orden. Es mi único talento, y lo ejerzo con una pulcritud que ya quisieran los que me despreciaron.

He vuelto por David, sí. Pero no por lo que él cree, ni por lo que la periodista escribirá algún día.

He vuelto porque en veintinueve años de vida, cinco ciudades y unas cuantas habitaciones puestas en su sitio, David es la única persona del mundo que, si me mirara de verdad, me reconocería.

No la cara: eso lo reconoce cualquiera. Lo de abajo.

La línea por donde cedo. Y una se cansa, no sé si me explico, de resultar ilegible.

Una se agota de hacerlo todo tan bien y que nadie, jamás, sepa que fue ella.

He puesto orden con elegancia durante diecisiete años, y a la vez me he ido muriendo de la cosa más tonta del mundo: las ganas de que alguien supiera lo buena que soy en lo mío.

La soledad del artista al que nadie firma el cuadro.

Por eso lo busqué. Para tener, una sola vez, un testigo capaz de entender la obra. Y para averiguar, de paso, si el agujero de su memoria guardaba lo mismo que el mío; si éramos, como sospechaba desde niña, la misma cosa repartida en dos cuerpos.

Hay un problema con los testigos, claro. Lo sabe cualquiera de mi oficio: el problema es que existen. Y lo que existe, algún día, habla.

Así que ya he decidido cómo termina esto.

Lo decidí antes de colgar la jaula en mi ventana, antes de inventarme a Carla, antes de sentarme en su sillón gris a recitarle sueños prestados.

Voy a concederme el lujo de ser comprendida, una vez, por la única persona capaz de comprenderme.

Y después cerraré el proceso, como siempre, sin dejar nada que altere el equilibrio.

Ni a la periodista, que apunta demasiado.

Ni a mi hermano, que ahora recuerda. Ni a mí, si hiciera falta. Sobre todo a mí, si hiciera falta.

Porque la verdad más hermosa que aprendí en aquella casa, la que David nunca entendió por más tratados de medicina que subrayara, es esta: los muertos no son los que peor guardan un secreto.

Son los únicos que lo guardan del todo.