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(Marina)
La decisión de volver a Valencia la tomé una tarde de noviembre, en un banco frente al mar, en la quinta de mis ciudades, con un café que se me enfriaba entre las manos y la certeza de que me estaba apagando.
Lo había hecho todo bien. Tenía un trabajo discreto, un piso limpio, una identidad sin grietas.
No me buscaba la policía de ninguna provincia; cada cuenta cuadraba; cada puerta que había tenido que cerrar estaba cerrada con la pulcritud de un buen contable.
Y, sin embargo, allí sentada, mirando un mar que me daba igual, comprendí que llevaba meses sin sentir nada en absoluto.
Ni orden, ni alivio, ni la fría satisfacción del trabajo bien hecho.
Nada. La máquina seguía funcionando, pero ya no molía grano: molía el aire.
Y una máquina que muele el aire termina, tarde o temprano, moliéndose a sí misma.
Pensé en desaparecer del todo. Lo contemplé con la misma frialdad con que lo contemplo todo: una sexta ciudad, una sexta identidad, o bien el final limpio, sin testigos, el que les regalé a otros y que quizá me merecía.
Estuve cerca. Más cerca de lo que nunca confesé a María Jesús.
Lo que me detuvo no fue el miedo a morir —a estas alturas la muerte y yo nos tuteamos— sino una idea insoportable: que si desaparecía entonces, lo haría sin que nadie hubiera sabido jamás que existí.
Que la niña de la acequia, la del pájaro con nombre grande, se borraría del universo sin dejar más rastro que cinco titulares de tres líneas en periódicos de provincias que nadie relaciona .
Y entonces pensé en él. No como en un objetivo, ni como en una cuenta pendiente.
Pensé en él como se piensa en la única ventana iluminada de una calle a oscuras.
David. Mi hermano. El único ser humano que, si me viera entera, no apartaría la vista, porque está hecho de mi mismo material y conoce el peso exacto de cargar con ello.
No volví para vengarme; no tenía de qué vengarme, él me había salvado.
No volví para que me perdonara; el perdón es moneda de gente con culpa.
Volví por la razón más tonta y más humana de todas: la que mueve también a los que no matan.
Volví para que alguien supiera que había vivido.
Para tener, antes del final, un testigo.
Tiré el café frío a una papelera, compré un billete y empecé a planear, con el cuidado de siempre, la última obra: la de hacerme reconocer por el único capaz de reconocerme.