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(Marina)
Durante los primeros días en Valencia no me acerqué a él. Lo estudié, que es distinto, y es lo que mejor sé hacer.
Alquilé el piso del patio antes incluso de verle la cara, solo por la dirección que había costado meses confirmar.
Y durante dos semanas fui su sombra a distancia, con la paciencia que aprendí de niña esperando a que se durmieran las manos peligrosas.
Lo veía salir a las siete y cuarto, exacto, con esa puntualidad nuestra que reconocí como un latido propio.
Lo seguía a la panadería sin que me viera —seguir sin ser vista es un arte, y yo soy artista—.
Lo veía comprar media barra y un periódico, volver por la acera de la derecha, esquivar siempre el callejón estrecho, ese mismo callejón que desemboca en nuestro patio y que él evitaba por una costumbre cuyo origen, estoy segura, había olvidado.
Yo no lo había olvidado. Ese callejón huele a tierra mojada en las noches húmedas, y la tierra mojada huele a acequia, y a mi hermano la acequia le eriza la piel aunque su cabeza no sepa por qué.
Lo evitaba sin saber que lo hacía por mí.
Toda su vida estaba organizada, en secreto, en torno a cosas que no recordaba y que yo sí.
Verlo de lejos, en aquellas primeras semanas, me hizo sentir de una manera que no esperaba.
Había imaginado al asesino frío que me arrebató a la familia, el monstruo que necesitaba para justificar mi viaje.
Y me encontré con un hombre cansado que hacía la cama mirándola como un albañil revisa una pared, que tomaba de pie un té que se le notaba que odiaba, que pegaba el oído a su propia puerta antes de entrar en una casa donde nunca le esperaba nadie.
Me encontré, en fin, conmigo. Con mi reverso exacto: yo, que cierro puertas por media España; él, que pega el oído a la suya por si dentro hay alguien, deseando y temiendo a partes iguales que lo haya.
Dos soledades simétricas a quince metros y diecisiete años de distancia.
Aquellas dos semanas estuve a punto de marcharme sin más.
De dejarlo en paz, de regalarle la única piedad que se me ocurría: no entrar en su vida, no devolverle el horror, dejarlo seguir tomando su té malo en su jaula blanca.
Lo pensé de verdad. Pero entonces, una tarde, desde mi ventana, lo vi sentarse en su sillón del estudio y cerrar los ojos de frente al patio, y supe que no descansaba, que fingía descansar, igual que yo finjo no recordar.
Y comprendí que dejarlo en paz no era piedad: era condenarlo a seguir solo con una mentira a cuestas.
La verdadera piedad, la única que sé dar, era la más cruel: entrar, hacerme reconocer, devolverle su vida verdadera aunque ardiéramos los dos en el intento.
Colgué la jaula esa misma noche. Y pedí una cita para el jueves. Dos golpes. Siempre dos.