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Antes de volver, paramos en el bar. Fue idea de Nora, que posee el instinto de los buenos periodistas para saber que la verdad de un sitio no habita en sus ruinas, sino en su barra.
El bar de La Vega era el único que seguía abierto, y lo regentaba una mujer de unos setenta años, seca y cordial como el paisaje, que nos sirvió tres cafés sin preguntar y nos estudió el rato justo para colocarnos.
A los forasteros se los coloca enseguida en los pueblos pequeños; lo arduo es que te recoloquen una vez que te han fijado un sitio.
Yo me había sentado de espaldas a la luz, con las gafas de sol que llevo en los días malos, y aquel era, sin discusión, un día malo.
Habló Nora. Dijo que preparaba un trabajo sobre casas antiguas de la comarca, que había visto la de las afueras, la quemada, y que sentía curiosidad.
La mujer secó un vaso ya seco —ese gesto universal del que decide cuánto va a contar— y soltó, sin que se lo preguntáramos de frente, lo que llevaba diecisiete años esperando que alguien viniera a preguntarle.
—La casa de los Salinas —dijo—. Mala casa.
No por la casa: por el hombre. —Posó el vaso—.
Andrés. El padre. Aquí lo sabíamos todos y aquí nadie dijo nada, que para eso somos pueblo.
Se oían cosas de noche, cuando bajaba el viento.
La mujer venía a por el pan con gafas de sol en pleno invierno.
—Me miró un segundo, a mí, a mis gafas, y desvió la vista con una delicadeza que dolió más que si me las hubiera arrancado—.
El mayor, Tomás, buen chico, callado. La pequeña, una cosita, siempre con su pájaro.
Y el del medio… —vaciló— el del medio era el raro.
El que miraba. Un crío que observaba a las personas como el médico observa al enfermo.
Im ponía un poco. Pero era el que se ponía delante.
Cuando el padre arrancaba, el que se interponía era el del medio.
Más de una vez apareció por el pueblo con la cara reventada.
Quince años. Y no lloraba. Eso era lo que a mí me daba no sé qué. Que no llorara.
Bebí el café por tener algo que hacer con la cara.
—¿Y la noche del fuego? —preguntó Nora, con suavidad.
La mujer se encogió de hombros.
—Lo que dijeron. Un accidente. La estufa.
—Recuperó el vaso seco—. Pero le voy a contar algo que no he contado a nadie, porque nadie se ha sentado a preguntármelo.
Casimiro, el pastor, que en gloria esté, juraba haber visto salir a dos niños esa noche.
Dos. Cruzar hacia la acequia. Lo dijo, y se rieron de él, porque Casimiro empinaba el codo.
Yo lo conocía: borracho veía mejor que muchos sobrios.
—Nos miró despacio—. Si salieron dos, ¿por qué se contó solo uno?
Esa pregunta se la hice yo a la Guardia Civil hace diecisiete años.
Y me contestaron lo que siempre contestan cuando una pregunta molesta: que no lo removiera.
Salí del bar antes que Nora. Necesitaba aire.
Fuera, las cuatro calles muertas se asaban en silencio, y me quedé apoyado en la pared encalada, con la fotocopia de la hemeroteca quemándome en el bolsillo, pensando en un niño de quince años que se ponía delante y no lloraba, preguntándome —por primera vez con todas las letras— delante de qué me había puesto yo aquella última noche.
Y a quién había dejado, sin querer, detrás de mí, en el pasillo, mirando.