99(Nora)
(Nora)
Conduje hasta La Vega con los dos hermanos en el coche y el estómago encogido, y no por la carretera.
David iba delante, dándome indicaciones desde una memoria que él juraba no tener: gira aquí, ojo con la acequia.
Marina iba detrás, callada, viendo pasar el campo.
Yo los miraba por el retrovisor y pensaba en mi norma, la del periodista muerto, hecha trizas hacía tiempo.
Porque ya no veía un caso. Veía a dos personas rotas en el mismo sitio, y me veía a mí, conduciéndolas hacia el lugar donde se rompieron, con la excusa de un reportaje y la verdad de que no quería dejarlos solos.
En el pueblo, mientras ellos entraban en las ruinas, yo me quedé fuera, apoyada en el coche, mirando aquel rectángulo de muros negros comido por la maleza. Y por primera vez en todo el caso sentí miedo. No miedo periodístico, del que espolea. El otro. El que avisa.
Porque había algo que no encajaba, y mi oficio consiste en notar lo que no encaja.
David hablaba de su hermana con una ternura desarmada, como de una víctima a la que había salvado.
Pero yo había leído los informes, había recibido los sobres, había subido al norte, y la mujer dulce de la que él hablaba dejaba, allá por donde pasaba, el mismo rastro de ceniza que aquella casa.
Dos relatos sobre la misma persona, incompatibles, y yo en medio, sin saber a cuál agarrarme.
Cuando salieron de las ruinas, David traía algo en las manos, una jaula pequeña y retorcida por el fuego, y la sostenía como se sostiene a un hijo.
Marina caminaba un paso por detrás, mirándole la espalda.
Y en esa mirada —la capté un segundo, solo uno, antes de que ella la guardara— no había amor de hermana.
Había cálculo. La misma mirada que el del medio, según la mujer del bar, le echaba a su padre: la del que suma por dentro.
No dije nada. Subí al coche, arranqué, los llevé de vuelta a la ciudad.
Pero esa noche, en mi piso del 4.º B, hice algo que llevaba semanas posponiendo: cogí todos los sobres anónimos, los extendí sobre la mesa y comparé la letra con una nota que David me había escrito días atrás, una tontería, una dirección apuntada al vuelo.
Las dos caligrafías eran casi idénticas.
Casi. La de los sobres tenía los mismos bucles, la misma inclinación, la misma escuela.
Pero era un poco más pequeña. Un poco más apretada.
Una letra de hermana que, de niña, copió la de su hermano y la perfeccionó hasta superarla.
No era David quien me había estado alimentando con el caso.
Nunca lo fue. Y si la fuente era ella, si llevaba meses colocándome las piezas con la paciencia de quien arma una trampa, entonces yo no era la periodista que destapaba la historia.
Era una pieza más de la historia que alguien estaba destapando para mí.