97
El viaje al pueblo lo hicimos en silencio casi todo el rato, y el silencio dentro de un coche tiene una densidad que no tiene en ningún otro sitio: te obliga a estar con el otro sin la coartada de mirarlo.
Conducía Nora. Yo iba delante, dándole indicaciones que me salían de un cuerpo más que de la memoria: «en el próximo cruce, a la derecha»; «ojo, que viene una curva mala»; «despacio aquí, hay una acequia que se sale cuando llueve».
Diecisiete años sin pisar aquella carretera, y mis manos se agarraban al salpicadero un segundo antes de cada bache, como si la piel llevara el mapa que la cabeza había borrado.
Marina iba detrás, callada, con la frente apoyada en el cristal, viendo desfilar un paisaje que se secaba a medida que dejábamos atrás el mar.
La miré una vez por el retrovisor. Tenía los ojos abiertos, fijos en los campos, y movía los labios muy levemente, como quien reza o cuenta.
Después supe que contaba: los kilómetros que faltaban para el lugar donde dejó de ser una niña.
A medida que nos acercábamos, el aire en el coche cambió.
No por nada que dijéramos; por lo que cada uno traía de aquel sitio.
Para Nora era un escenario, el clímax de su reportaje, y se la notaba alerta, profesional, casi culpable de su propia avidez.
Para mí era el lugar donde maté a mi padre, o donde creí, durante diecisiete años, haber matado a todos.
Para Marina era la cuna y la tumba a la vez, el pasillo donde una niña de doce años se transformó en lo que iba a ser durante toda su vida.
Tres personas, tres viajes distintos hacia el mismo punto del mapa, encerradas en metro y medio de chapa y silencio.
Cuando enfilamos el último camino de tierra y la casa apareció al fondo —un rectángulo de muros negros contra el cielo blanco—, Nora aminoró sin que se lo pidiera, con el instinto de respeto que tiene la gente decente ante el dolor ajeno.
Marina dejó de mover los labios. Y yo sentí, por primera vez en el viaje, que el cuerpo se me adelantaba a la cabeza con una certeza tranquila y terrible: que de aquel sitio, diecisiete años atrás, no habían salido las personas que entraron.
Que la casa nos había cambiado a los tres supervivientes —porque éramos tres, aunque el mundo contara uno— en el momento exacto en que cruzamos su umbral hacia fuera.
Aparcamos en silencio. Nadie se movió durante un largo minuto.
Fue Marina la que abrió primero la puerta del coche y al aire del campo entró de golpe, seco, viejo, con un olor que ni mi nariz rota pudo ignorar del todo: a tierra quemada que la lluvia de diecisiete inviernos no había terminado de lavar.