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(Nora)
La noche antes del viaje al pueblo, hice lo que llevaba semanas posponiendo: comparé las letras.
Extendí sobre la mesa de mi cocina todos los sobres anónimos que había recibido a lo largo del caso, los que me habían ido empujando hacia la verdad migaja a migaja.
Y, al lado, una nota que David me había escrito días atrás, una tontería, la dirección de una cafetería apuntada al vuelo en una servilleta.
Las puse bajo la lámpara, una junto a otra, y las estudié con la atención con que él estudia un cruce.
Eran la misma letra. O casi. Los mismos bucles, la misma inclinación hacia la derecha, la misma manera de cerrar las aes, esa caligrafía de escuela antigua que ya no enseñan.
Durante un minuto entero pensé que David era mi fuente, que había sido él quien me había estado alimentando el caso desde el principio, y la idea me revolvió el estómago: ¿qué clase de hombre orquesta su propia caza?
Pero entonces miré más despacio, con la lupa que uso para los documentos, y vi la diferencia.
Pequeñísima. La letra de los sobres era un grado más pequeña, un punto más apretada, como escrita por una mano que aprendió esos mismos bucles imitando a otra y los perfeccionó hasta hacerlos más suyos que los del original.
Una letra de hermana menor que, de niña, copió la del hermano mayor y, con los años, la superó.
Me quedé mucho rato mirando aquellas dos caligrafías gemelas bajo la lámpara, con el corazón acelerado, entendiendo por fin la forma entera de la historia que llevaba meses persiguiendo a tientas.
No había ninguna persona en el centro de este caso.
Había dos. Dos manos que escribían casi igual porque salieron de la misma casa, de la misma escuela, del mismo dolor.
Una me mandaba sobres para que destapara la verdad.
La otra se dejaba destapar sin defenderse.
Y yo, la periodista lista, la que presume de no enamorarse de su teoría, había pasado meses creyendo que perseguía a un hombre, cuando en realidad dos hermanos me habían estado usando, cada uno a su manera, para representar el último acto de una obra que había empezado hace diecisiete años en un pasillo.
Guardé los sobres. No le dije nada a David al día siguiente, en el coche de camino al pueblo.
Pero lo miré distinto durante todo el viaje, por el retrovisor, y miré distinto a Marina en el asiento de atrás, con la frente pegada al cristal, y por primera vez tuve miedo de los dos a la vez.
No del monstruo. De algo peor: de la lealtad entre dos personas que comparten una letra, una casa quemada y un secreto, y que, lo supe esa noche, serían capaces de quemar el mundo entero con tal de protegerse el uno al otro la versión soportable de quiénes son.