Sin testigos 95(Marina)
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95(Marina)

(Marina)

Mientras David recorría las ruinas con esa devoción suya de relojero ante un mecanismo roto, yo me quedé en el umbral del pasillo, y no pude pasar.

Es curioso. He vuelto a entrar en muchas casas a las que no debía volver.

He encendido estufas viejas, he caminado por rellanos a oscuras, he flotado en piscinas vacías la noche antes de que alguien se ahogara en ellas.

Nada de eso me costó. Y, sin embargo, en el umbral de aquel pasillo carbonizado, con las cuatro puertas abriéndose a la nada, las piernas no me obedecieron.

Porque hay una diferencia entre el lugar donde una hizo y el lugar donde una se hizo, y aquel pasillo era el segundo.

Allí, a los doce años, dejé de ser la niña del canario y empecé a ser lo que soy.

No me arrepiento; ya he dicho que no me pesa.

Pero una cosa es no arrepentirse y otra atreverse a pisar el sitio exacto donde naciste de nuevo, con sangre ajena, mientras tu hermano se sentaba a mirarse las manos.

Lo vi agacharse al fondo de mi antiguo cuarto y desenterrar algo de la ceniza.

La jaula. La de verdad. La levantó como se levanta a un recién nacido, y desde el umbral vi la espalda de mi hermano temblar, que no tiembla nunca, y comprendí que acababa de entender lo del pájaro.

Que yo lo había soltado antes del fuego.

Que sabía, antes de que la casa ardiera, que iba a arder.

Que la inocencia que él me había atribuido durante diecisiete años se le caía al suelo de ceniza junto con aquella jaula retorcida.

Quise decirle muchas cosas en aquel momento.

Quise decirle que no me salvó él a mí, que lo salvé yo a él; que la frase que le susurré en el jardín —«tú nos has salvado, yo ya estaba muerta»— fue el primer asesinato limpio de mi vida, porque con ella maté, de un solo golpe, la memoria verdadera de mi hermano y la sustituí por una soportable.

Quise decirle que llevaba diecisiete años queriéndolo del único modo en que sé querer: cerrándole las puertas por las que podría haberle entrado la verdad.

Pero no dije nada. Me quedé en el umbral, mirándole la espalda, sumando por dentro, como el del medio, como aprendí de él, y pensé, con una ternura que en mí es indistinguible de una sentencia: pobre David.

Le he devuelto su jaula. Ahora también tendré que devolverle su culpa.

Y, cuando se la devuelva entera, uno de los dos sobrará en esta historia.

Recé, a mi manera, que es sin Dios y sin esperanza, porque el que sobrara fuera yo. Era lo más parecido al amor que me quedaba.