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Las regresiones no siguen una línea recta.
Avanzan como avanza el agua por una pared: encuentran la grieta, se filtran, y un día asoman por donde nadie esperaba.
La segunda sesión con Marina no me dio la verdad de golpe; me dio fragmentos, y los fragmentos, en mi oficio, son más peligrosos que la ignorancia, porque tientan a rellenar los huecos con lo que uno teme o desea.
La acosté en el sillón reclinable, bajé la luz, usé la voz de cura. La llevé otra vez al pasillo, a la noche, a la cocina encendida al fondo.
—Huele —dijo, con su voz afinada de niña—. Huele a algo. No es humo todavía. Es… —arrugó la nariz, con los ojos cerrados— metálico. Como cuando papá traía pescado. Hierro. Sal.
Apreté el bolígrafo. Era el olor que yo no podía oler, el único, junto al formol, que mi nariz averiada todavía evocaba: el olor de las manos de mi padre.
Pero Marina lo situaba en la cocina, esa noche, antes del humo, y un olor a hierro en una cocina de madrugada no lo deja un pescado dormido en la nevera.
—¿Qué ves, Marina?
—Veo tu espalda —dijo—. Estás de pie. Y papá está en el suelo, contra los armarios bajos, y no se mueve como se mueve papá.
Se mueve como se mueve la ropa cuando la tiendes.
—Su respiración se entrecortó—. Y mamá grita desde la otra esquina, un grito raro, sin aire.
Y tú te das la vuelta, y tienes una cosa en la mano, una cosa que brilla, y me ves en el umbral. Y dices…
Se detuvo. El reloj mudo no marcaba nada. Yo no respiraba.
—Dices «para» —susurró—. Y bajas la mano.
Y te sientas en el suelo, despacio, como si se te hubieran acabado las pilas.
Y te miras las manos. —Frunció el ceño con un esfuerzo doloroso—.
Y ahí se acaba, David. Ahí la película se corta.
Lo siguiente que recuerdo es el frío del campo y a Capitán volando, y la mano de la tía agarrándome el brazo.
Entre una cosa y la otra, no hay nada. Negro.
La saqué del trance con cuidado, temblando los dos.
Aquel «negro» de Marina era idéntico al mío: la misma niebla, en la misma frontera exacta de la noche, justo después de que yo me sentara a mirarme las manos.
Dos hermanos con el mismo agujero, cosido en el mismo punto.
Y empecé a sospechar, con un horror nuevo, que los agujeros gemelos no se deben al azar.
Que a veces dos personas llevan dentro la misma ausencia y por eso se entienden.