Sin testigos 91
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Durante la tregua, antes de que comprendiera lo que mi hermana era, vivimos algo que solo puedo llamar, a falta de una palabra mejor, ‘domesticidad’.

Marina venía casi todas las tardes. No hablábamos del caso, ni de Vega, ni de la pared del patio; habíamos firmado, sin firmarla, una tregua que consistía en fingir que éramos dos hermanos normales recuperando el tiempo.

Cocinaba ella, con esa concentración fría que yo prefería no analizar, y cocinaba bien, platos de nuestra infancia que yo había olvidado y que mi lengua, traidora, recordaba: el arroz al horno de mamá, las torrijas de cuando había azúcar.

Comíamos frente a la ventana del cruce, mirando la ciudad, y a veces, durante minutos enteros, yo olvidaba lo que sabía, y ella, sospecho, olvidaba lo que era, y los dos éramos solo David y la pequeña, mayores, cansados, supervivientes de la misma casa.

Una de esas tardes me pidió que le enseñara otra vez los huesos de la mano.

Lo dijo de broma, riéndose, pero había algo más allá de la risa.

Le cogí la mano —fina, de niña todavía, la misma que diecisiete años atrás sostuve para sacarla de un pasillo— y se los fui nombrando, tocándole los nudillos uno a uno: escafoides, semilunar, piramidal, pisiforme.

Ella los repetía, como a los ocho años, y por un momento el piso blanco se llenó de una acequia seca, de un cielo amarillo y de dos niños que aún no sabían en qué iban a convertirse.

—Sabes que esto no puede durar —dijo de pronto, sin soltarme la mano, mirándola como se mira un mapa—. Lo de ahora. Tú y yo, jugando a hermanos.

—Lo sé .

—Uno de los dos sobra en esta historia, David.

Lo supe antes de venir. Vine sabiéndolo.

—Me apretó los dedos, los míos, los que años después se quemarían sujetándola—.

Solo te pido una cosa. Cuando llegue el momento, no me mires con miedo.

Mírame como me miras ahora, nombrándome los huesos.

Mírame como a la niña de la acequia. Es lo único que quiero llevarme.

Que la última cara que me mire sea la única que me quiso.

No le contesté. Le seguí nombrando los huesos, despacio, alargando la lista todo lo que pude, inventándome casi nombres para que no se acabara, porque mientras quedaran huesos por nombrar no habría que hablar de lo otro.

Pero las manos, como las noches y las treguas, se acaban.

Llegué al último hueso. Y nos quedamos los dos en silencio, cogidos de la mano, frente a una ciudad encendida, dos hermanos contando el tiempo que les quedaba en la única lengua que de verdad compartíamos: la de la anatomía, la del cuerpo, la de por dónde cede y por dónde resiste.