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De Tomás, mi hermano mayor, hablo poco, porque lo conocí poco, y esa es, en sí misma, la tragedia de Tomás: que vivió diecisiete años en la misma casa que yo y apenas lo dejé entrar.
Tomás eligió, frente a nuestro padre, la estrategia opuesta a la mía.
Yo me ponía delante; él se quitaba de en medio.
Se encerraba con los cascos puestos y subía el volumen hasta borrar la casa, y durante años lo juzgué por ello con la severidad implacable de los quince años: lo tenía por cobarde, por egoísta, por el hermano que abandonaba a la pequeña a su suerte mientras se refugiaba en su música.
Hoy, desde una celda, lo entiendo de otra manera.
Tomás no era cobarde. Era, simplemente, normal.
Reaccionaba al horror como reacciona la mayoría de los seres humanos: protegiéndose, tapándose los oídos, rezando para que escampara.
Los raros éramos la pequeña y yo, que en lugar de taparnos los oídos afinábamos el oído; que en lugar de huir, calculábamos.
La última imagen que tengo de Tomás vivo —recuperada hace poco, bajo la niebla, gracias a Marina— es la de él saliendo de su cuarto aquella noche, sin los cascos por una vez, arrodillándose junto a nuestra madre en el suelo de la cocina.
Salió de su refugio justo cuando no debía.
El único gesto valiente de su vida, el de acudir al grito de mamá, fue el que lo puso en el sitio exacto donde la mano de su hermana pequeña lo encontró.
Hay una crueldad insoportable en eso, una que ningún dios me explica: que Tomás muriera, precisamente, por dejar de esconderse.
Que la única vez que se quitó los cascos para ayudar fue la última.
Pienso mucho en Tomás, más que en mis padres, porque a mis padres los tengo clasificados —el verdugo y la víctima, casillas limpias— y a Tomás no.
Tomás es la casilla que no cierra. El hermano normal en una familia de monstruos y mártires, el que solo quería que bajaran el volumen del mundo, el que murió por arrodillarse.
A veces, en la celda, pongo música imaginaria, subo el volumen mental hasta borrar los ruidos del pasillo carcelario, y por un momento entiendo a Tomás del todo, y le pido perdón por no haberlo dejado entrar, y le agradezco, tarde, diecisiete años tarde, el único gesto limpio que hubo aquella noche en aquella casa: el de un chico con los cascos puestos que, al oír gritar a su madre, se los quitó.