Sin testigos 88
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Una de aquellas tardes de tregua, Marina me pidió que la acompañara a comprar. Una cosa de lo más normal, de hermanos normales, y precisamente por eso me desarmó.

Bajamos juntos, cruzamos el barrio, entramos en el mercado.

Y durante una hora fuimos dos personas corrientes eligiendo fruta, discutiendo si los tomates estaban maduros, saludando a la frutera.

Marina se movía por el mundo con una naturalidad perfecta, sonreía a los desconocidos, daba los buenos días, devolvía el cambio mal dado con honradez.

Nadie, al verla, habría imaginado nada. Y eso, comprendí, siguiéndola entre los puestos, era lo más aterrador de mi hermana: no su frialdad, sino su normalidad.

El monstruo del pódcast que Nora escribiría después tiembla, acecha, da miedo.

El monstruo real elige tomates, sonríe a la frutera y te pregunta si prefieres manzanas o peras.

El mal de verdad no se anuncia. Se integra.

Pasa la compra. Dobla el abrigo con cuidado.

En la pescadería, Marina se detuvo más de la cuenta ante el mostrador, mirando el hielo, los cuerpos plateados de los peces, los cuchillos del pescadero.

Y se quedó muy quieta, con una expresión que le había visto pocas veces, la de la niña que asoma debajo.

«Papá olía a esto —dijo en voz baja, sin mirarme—.

A sal y a hierro. Las manos. ¿Te acuerdas?

» Me acordaba. Era el único olor que mi nariz averiada aún conservaba, junto al formol.

Los dos nos quedamos ahí, dos adultos frente a un mostrador de pescado, atrapados, de pronto, en una cocina de hace diecisiete años, oliendo las manos de un muerto.

«Lo raro —siguió Marina— es que a mí ese olor no me da miedo.

Me da hambre. ¿No es horrible? El olor de las manos que nos hacían daño y a mí me abre el apetito.

Eso es lo que me hicieron, hermano. Me cambiaron hasta lo que el cuerpo siente.

Convirtieron el miedo en hambre.» Lo dijo sin autocompasión, como un dato clínico, y fue lo más cerca que estuvo nunca de pedir ayuda, aunque ninguno de los dos supiera ya cómo se pide ni cómo se da.

Compramos el pescado. Volvimos a casa. Cocinó ella, con sus cuchillos ordenados por tamaño, y comimos frente a la ventana, y fue una tarde tan normal que me dolió, porque vi, por un instante, la vida que podríamos haber tenido los Salinas de no haber ardido la casa: dos hermanos comprando pescado, discutiendo por los tomates, envejeciendo juntos en un barrio cualquiera.

Esa tarde, en el mercado, no estuve cerca de entregar a Marina ni de pararla.

Estuve cerca de algo peor y más humano: de perdonarla.

De querer quedarme en aquella normalidad falsa para siempre, fingiendo que el olor a sal y hierro nos daba hambre y no espanto, fingiendo que una asesina y su cómplice podían ser, simplemente, dos hermanos que volvían del mercado.

Duró lo que dura una comida. Pero existió.

Y de todas las cosas que me reprocho, esa tarde casi feliz es la única que volvería a vivir sin cambiar una coma, aunque supiera, como sé, todo lo que vino después.